Lo que la peste nos dejó

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Lo que la peste nos dejó

Creación colectiva de

Pompapetriyasos

María de los Ángeles Sanz

Un grupo de payasos con sus rojas narices nos reciben en el espacio del parque Ameghino1 para invitarnos a participar de una historia que sepultada en el tiempo, cubierta por las capas de otros relatos, conforman el presente de una identidad: el Sur, el corazón del Sur. Un ciudad / aldea divida en dos por las secuelas de una guerra infame y que como consecuencia y casi como justicia poética se ve arrasada por la peste, la fiebre amarilla, y su fatídica caricia que se llevó democráticamente miles de personas, sin importarle, clase, color, religión, deseo, esperanza; restándoles toda posibilidad de futuro. El grupo de actores en una dinámica relación con el espectador que seguía con atención acciones y premisas en un juego metateatral, propone una filmación que abarca desde el pasado, 1871, hasta un hoy cargado de aquellos fantasmas, de aquellas voces, que no cesan de repetir a quien desee escuchar, como fueron los acontecimientos que dieron lugar al nacimiento de un locus otro, que para ciertos sectores de la ciudad, aún hoy, es sinónimo de un no lugar. Agustina Ruiz Barrea, su directora, tiene en claro la necesidad de recuperar una memoria que no puesta en palabras ni imágenes parece extinta, cuando en realidad vive y revive en las cicatrices, en las heridas que tanto el Sur como sus habitantes llevan en el cuerpo. Geografía que quiere ser recuperada y lo es a través del trabajo artístico de sus vecinos que conforman el grupo Pompapetriyasos2. Como todo teatro que se toma en serio su oficio en la puesta no falta el humor que nos permita como espectadores un hilo conductor hacia la reflexión, que no cristalice la mirada en el espanto, sino que permita la suficiente libertad para seguir con placer y entendimiento lo que se le ofrecía desde la actuación y desde el trabajo realizado desde el vestuario y el maquillaje, la escenografía, la música y la iluminación que lograban que el todo de la puesta conjugara con acierto la verdad de lo dicho. Los cuadros corales, lograban con la composición de sus imágenes y la melodía de sus voces, involucrarnos en el curso de la narración, cruzados por una variedad de sensaciones que luego proponían el juego del baile, la fiesta en común, donde actores y público participaban de la recuperación de una subjetividad que busca salir de la invisibilidad que la hegemonía de su hermana melliza, ya que nacieron en el mismo día, le imprime ignorándola. “El corazón mirando al Sur”, poetiza Eladia Blázquez, y “el Sur también existe” reclama Joan Manuel Serrat; es la manera de cantarle a un territorio que se considera linda con el límite de la barbarie, y como en las orillas borgianas, es el espacio de un deseo incumplido para el autor, el del coraje. El Sur como micro metáfora de una realidad que nos abarca como territorio total. La puesta cuenta entonces con dos líneas de narración, la primera la de la realización de un filme, donde los personajes: el director, su asistente, y los primeros actores llevan adelante los gags de alivio, alterna con la segunda donde el trabajo colectivo es el protagonista de la intriga y pone en acto la fuerza de los cuerpos y las voces. La resolución de las acciones, y la utilización inteligente del espacio, logran la integración de los espectadores, que conformaban un grupo heterogéneo que se pierde entre la danza y la fuerza del ritmo de la música; coro y público en una coordenada de culto popular a la memoria que logra festivamente exorcizar los fantasmas de una ciudad que no se resigna al olvido de sus representantes. Los relatos de la mano del teatro comunitario, en el quehacer de los actores que integran Pompapetriyasos, toman vida para dar consistencia material al recuerdo, para que con talento y trabajo constante, desde las profundidades de un ritual que nunca acaba seamos todos participantes de un comunión de cuerpo y alma más profunda e integradora. El teatro entonces es el vehículo para que las redes sociales tan castigadas, tan escindidas por quienes temen de su fuerza y su poder de realización, se nutran desde el arte y construyan una identidad tantas veces falsamente proclamada. El teatro está vivo, y lo está en la medida que asuma su tarea de expresar a la comunidad que lo produce: sus alegrías, sus frustraciones, sus desencantos, sus más hondos deseos y sus esperanzas. El teatro comunitario no es sólo un acontecimiento cultural, es una necesidad insoslayable.


1 Este predio perteneció a José Antonio Escalada y a Carlos Escalada. En este lugar falleció a muy temprana edad la esposa de José de San Martín, la señora Remedios de Escalada el 3 de agosto de 1823. El 20 de diciembre de 1867 fue comprado por la Municipalidad de Buenos Aires a Claudio Mejía. El 24 se inauguró como Cementerio Público del Sud el cual quedó repleto de fallecidos a causa de la epidemia de fiebre amarilla. En 1872 se clausura luego de recibir más de 15.000 fallecidos. Por sesión del 10 de mayo de 1872 se aprobó la creación de un monumento en el parque en recuerdo a los fallecidos por la fiebre amarilla de 1871. Su autor fue Juan Manuel Ferrari. Clausurado definitivamente el 24 de agosto de 1882. Posteriormente varios cuerpos acumulados en el predio fueron trasladados a otros cementerios, como el caso del escritor José Mármol y del médico Francisco Muñiz. Muchos cuerpos pero no todos fueron exhumados y se sospecha queden algunas tumbas bajo la superficie del actual parque, como la de la esposa del general Gregorio Aráoz de Lamadrid

2 Pompapetriyasos es un grupo que, hace casi 8 años, hace teatro comunitario en el barrio de Parque Patricios, invitando a los vecinos de este y otros barrios de la ciudad a participar pensando, creando, jugando, actuando y cantando a vincularse desde lo social y cultural con la vida que vivimos, creando escenarios donde hay pasto y cemento.

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