Chúmbale

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Chúmbale de

Oscar Viale

La propiedad no existe, una discusión más allá de las ideologías.

María de los Ángeles Sanz

Oscar Viale1 escribe Chúmbale (1971) en una década donde la juventud comenzaba un camino de protagonismo que haría eclosión rápidamente, y cuando la institución familiar tenía por parte de la dramaturgia una mirada ácida y crítica. La obra entonces, pone en el centro de la cuestión la discusión del poder, la marca de territorio entre generaciones, Enzo versus el padre de Mecha, la juventud que avanza y lo viejo que sigue un camino cuyo recorrido empezaba a estar en cuestión. La puesta que dirige Roly Serrano respeta la textualidad y el punto de vista del autor, y con economía de recursos, y en una escenografía minimalista, -una cama, un marco de una puerta inexistente, un banco necesario y hacia foro la simulación de una ventana- logra que el espectador se involucre en una historia que transita entre la comedia y el drama. Como introducción nos recibe la música en vivo de las guitarras de Emmanuel Tomaselli, Tobías Pérez Cobo; quienes luego tendrán una participación menor una vez que la palabra gane el espacio escénico. Jugando con los estereotipos de la baja clase media argentina de los sesenta, la familia aparece en su máscara perfecta, donde todo se sostiene porque nadie se hace cargo de los problemas, y estalla cuando alguno de sus integrantes decide romper con lo cotidiano, aunque sea en algo tan mínimo como pintar una habitación. En una escala de valores donde una violación es un acto de machismo, virilidad y canchereada, el alterar el orden de jerarquías es un delito de lesa humanidad. Los actores con muy buenas perfomances, logran con fluidez dar cuerpo a sus personajes que resultan verosímiles y arrancan en el espectador, risas y silencios significativos. Cada uno en su rol, componen con certeza de fotografía volver el tiempo atrás y traer a la escena las características que describe con maestría el autor en las palabras, y que ellos reconstruyen desde el cuerpo. La madre (Romina Cacchione) y el padre (José Luis Scalia) conforman una pareja entre patética y perversa pero creíble en unas figuras que desde el exterior, el vestuario, en la postura corporal y la manera de expresión nos pintan de cuerpo entero su posición. Mecha (Ximena Castellanos) es como la imaginó Viale, cree en su mirada del mundo con su personaje para reproducirlo en escena desde ese lugar, su contracara, la rebelde Aída (Antonella Placenti) pone en juego con habilidad la dialéctica que el texto propone cuando la puerta cerrada de la habitación divide el universo familiar en dos planetas diferentes. El hermano policía (Facundo Lagouarde) en su cínica inocencia, que teme ser atrapado, para luego envalentonarse cuando zafa de una situación deshonrosa, atraviesa el cuerpo de su personaje con soltura, y por fin, Enzo (Pablo Aguirre) logra, sobre todo en ciertos momentos, que comprendamos una resolución de libertad y afirmación desde el pedido más tímido de “golpee para entrar” hasta la decisión de escribir las paredes en vez de pintarlas. La dirección de Roly Serrano y Silvina Malena Márques, sigue al pie de la letra el texto y  deja hacia el final que el grito de Enzo no sea de alguien derrotado por un contexto hostil, sino que a pesar de no lograr su objetivo, grite su café, café, desde el lugar del desafío; anticipando una rebeldía que crecería en el tiempo para afirmarse de lo privado a lo público; mientras Mecha fiel representante de una clase que desea el orden y la paz a cualquier costo, nos ofrece una mirada final de ruego en su: “Se le va a pasar. A él siempre se le pasa”; expresión de deseo, mirada ciega sobre el porvenir. Es una muy buena idea llevar adelante una puesta sobre una obra de Oscar Viale que es un dramaturgo de una clara visión sobre la realidad de su tiempo y que construye sus personajes con la dosis justa de un humor patético, siguiendo una larga tradición que arranca con el sainete y el grotesco criollo. Cuyos nudos de tensión dramática salvando las distancias del tiempo, tienen todavía una lectura reflexiva; la juventud hoy pareciera ocupar espacios ganados y tener un protagonismo cimentado en la sociedad, sin embargo, no podemos dejar de observar que sus deseos están atravesados por la pulsión de mercado, y que para muchos el compartir un espacio en disputa es una realidad de todos los días. La sociedad como en los setenta sigue exigiendo de sus integrantes un éxito cuyo camino siembra de obstáculos, y la mirada adulta sobre el joven, aún hoy luego de tanta lágrima derramada, es de desconfianza y temor. El contexto es otro, y los participantes también, pero la lucha por una porción de libertad creativa, hoy como ayer, sigue siendo la misma.

Ficha técnica: Chúmbale de Oscar Viale. Elenco: Pablo Aguirre, Ximena Castellanos, Facundo Lagouarde, Romina Cacchione, Antonella Placenti, José Luis Scalia. Músicos: Emmanuel Tomaselli, Tobías Pérez Cobo. Dirección: Roly Serrano y Silvina Malena Márques. Asistencia y producción: Victoria Castellanos. Gráfica: Fiorella Placenti. Fotografía: Federico Fernández, Omar Ocampo. Teatro La Casona.


1 Oscar Viale nació en Buenos Aires en 1932, dio a la escena su primera obra, El grito pelado, que fue estrenada en el Teatro del Bajo con la dirección de Héctor Giovine, en 1967. A partir de ese momento, el autor teatral fue desplazando al actor que Viale había sido desde muy joven. En 1969, estrena en el Teatro San Martín, de Buenos Aires, su segunda obra, La pucha,  y dos años más tarde Chúmbale. En 1976 es representada ¿Yo? …¡argentino!, Encantada de conocerlo (1978) Convivencia (1979), Intimas amigas, y Convivencia (1982)  y Camino Negro, y  Antes de entrar dejen salir (1983). También fue autor de guiones cinematográficos como: Los gauchos judíos (1974); No toquen a la nena (1975); Juan que reía (1976), El infierno tan temido (1981); y Plata dulce (1982).En televisión, escribió el clásico de la TV argentina Los Campanelli que había ideado junto a Juan Carlos Mesa y Jorge Basurto y en donde también participaba como actor.

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