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Esquinas en el cielo de

Mariana Mazover inspirada en textos de

 Liliana Hecker y Silvina Ocampo

Construir y ser construidos

That is the question

Azucena Ester Joffe, María de los Ángeles Sanz

Mariana Mazover construye un textualidad dramática inquietante cuando ubica en un triángulo constante a seres cuyas vidas están signadas por un poder que desde el vértice somete a sus víctimas, mujeres. Tanto la niña encerrada, Lucrecia, obligada a vivir dentro de un mundo construido por otro, a vivir de la apariencia de lo real; como la posible institutriz, Adela, que llega a ese mundo a intentar develar, hacer caer la máscara, pero que se encontrará con la férrea complicidad que desata la suma de procedimientos que sostiene la relación padre / hija; están censuradas, obligadas más allá del encierro físico a pensar en un única dirección, metáfora que nos abarca a todos sin extendemos la cualidad de mirar y ser mirado en un mundo que juega a relaciones de simulacro. Síndrome de Estocolmo de por medio, creer que desde la obediencia se logrará la buena voluntad del padre, o por temor al castigo, las acciones de los personajes son formas de resistencia. Cada una de los interrogantes que la trama plantea  y que aparece en escena en las muy buenas actuaciones, logran junto a un espacio escenográfico cargado de símbolos, que ingresemos a ese mundo donde el tema es la asfixia. Desde el comienzo, el personaje se entrena en la capacidad de sobrevivir sin respirar, y todo lo que continua es un juego que la lleva una y otra vez a esa instancia primaria. Como el género lo requiere, absurdo de amenaza, las acciones se desenvuelven en un no tiempo, que luego se transforma en cíclico, cuando todo retorne al punto de partida. La carga semántica de la pieza permite una mirada multiplicada y rizomática que se extiende hacia una lectura u otra con la misma carga de significación. Desde lo psicológico, la niña es “secuestrada” por su padre en reemplazo de aquella que se ha ido, nunca lo sabremos a ciencia cierta, y para evitar ser abandonado nuevamente. Pero en una interpretación desde el concepto de género, las niñas viven encerradas en un discurso patriarcal, que evita que su voz se exprese con libertad. Se necesita que sea y diga aquello que es controlado por el otro, sin salirse de un argumento que no le pertenece, para evitar que se rebele una vez que crezca; para ello hay que evitar también que lo haga: el cuarto de niña, las muñecas sosias de sí misma, el vestido antiguo, y el nuevo que trae un relato terrorífico sobre su uso. Todo se cierne sobre ella para que no pueda construir su propia narración de vida. La debilidad de los personajes femeninos, se expande hacia fuera, hacia una sociedad que también supo estar amordazada y temerosa de los castigos que podían sucederse si hacíamos preguntas inquietantes, o ofrecíamos respuestas incorrectas. Como afirmaba María Elena Walsh en aquel artículo tan controvertido de 1979, Desventuras en el país de Jardín Infantes, ciudadanos convertidos en niños temerosos y ciegos a la realidad. Mazover si bien en esta oportunidad la temática es la infancia en su obra Piedra dentro de la piedra[1] también construye un mundo cerrado aunque no tan claustrofóbico, mientras el afuera resultaba inabarcable. En esta oportunidad logra perfectamente en sus personajes el estatismo que refuerza el espacio escénico, un sinsentido a mitad de camino entre lo siniestro y la fantasía / lo onírico. En el espacio virtual representado un mundo quizá “real” y que la pequeña aún podría descubrir pero que en el presente de la historia solo puede imaginar como en un libro de cuentos infantiles atravesado por zonas oscuras e incomprensibles:

Lucrecia: Todos los pájaros que están afuera en el árbol rojo son míos, sabés. Me los regaló mi papá: a todos. Incluso los pichones que van a venir el año que viene. Me voy a dar cuenta si me robás… y el castigo que yo tengo implementado para las ladronas no lo vas a querer conocer, por tu bien…[2]

Ahora bien, mientras en lo real concreto,  en el reducido y agobiante espacio escénico todo es pequeño, producto de un tiempo detenido – el escritorio, la cama, la inútil ventana, el vestido que asfixia a la niña,…- en especial la puerta parece no ser la posible y única salida, quizá porque es también pequeña, quizá porque nos niega poder ver más allá como si solo hubiese vacío. Un hecho teatral sin fisuras que suspende también nuestro tiempo – tiempo real de la representación – y nos involucra en esa atmósfera de inmovilidad sin poder recuperar nuestra voluntad. Pues Mariana como el autor-demiurgo[3] única dueña del saber a través de las fuertes imágenes visuales y auditivas focaliza nuestra mirada como si todo fuera un sueño o una pesadilla.

Ficha técnica: Esquinas en el cielo de Mariana Mazover. Elenco: Alejandra Carpineti, Lala Mendía, Daniel Begino. Producción Ejecutiva: Natalia Slovediansky. Asistencia de Dirección: Camila Peralta. Asistencia Dramatúrgica: Ornella Dalla Tea. Escenografía e Iluminación: Felix Padrón. Vestuario: Pía Drugueri. Asistente de Escenografía: Mauro Petrillo. Maquillaje: Ana Pepe. Música Original: Mariano Pirato. Arte gráfico: Julieta Mora. Fotografía: Luiza Lunardelli. Prensa: Simkin  & Franco. Dramaturgia y Dirección: Mariana Mazover. La Carpintería


[3] Concepto desarrollando en: Font Doménech, 2002. “La alteridad moderna (Arabescos)” en Paisajes de la modernidad. Barcelo, Paidós.

Esquinas en el cielo

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