Exiliados

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Exiliados de

James Joyce

“Cuando era más joven tuve un amigo a quien me dí por completo, en cierto sentido más de lo que me entrego a ti, y en otro sentido menos. Era irlandés, es decir, me traicionó” (Carta a Nora, 29/ 8 /1904)

Azucena Ester Joffe, María de los Ángeles Sanz

Exiliados1 es la única pieza dramática de James Joyce en la que narra a través de los personajes un momento crucial de su propia historia personal. Inclusive el nombre Nora del personaje es el de su esposa; el exilio de ambos es cierto, aunque en realidad para hablar con exactitud debemos decir que fue un autoexilio, y las crisis existenciales el autor las llevaría consigo toda la vida. La escasa relación que tenía Nora con la literatura de su marido, el amor platónico de éste por una alumna, la traición de los amigos, todo está en su único texto dramático; que fue llevado a escena en la Sala Raúl González Tuñón del Centro Cultural de la Cooperación bajo la dirección de Claudio Ferrari2. Un trabajo fiel al texto dramático, que lleva adelante una puesta tradicional, donde se destacan los personajes de Nora (Maia Francia) y Ricardo (Camilo Parodi). El texto guarda una tensión en las palabras, que no siempre aparece en los duelos establecidos entre los actores; por momentos como espectador se siente que falta la empatía necesaria, tanto para el amor como para el odio entre ellos para dar con la espesura que teje el discurso. Porque el planteo es rico en aristas diferentes, que se enmascaran en la superficie de una escabrosa relación de amantes cruzados, que no logramos saber si es real o sólo un trabajo de laboratorio ideado por el escritor, Ricardo, que busca arrancarle a la realidad condimentos especiales para la escritura. Una escritura que necesita de la experiencia al límite para encontrarse en el mundo interior de su atormentada vida intelectual. Como si la tranquilidad fuera una dormidera que impide la creación. La ética en la vida y en la literatura recorre la textualidad dramática y su trasgresión es también materia para el juego con las palabras. El otro límite / no límite que aparece es la idea de libertad, porque para experimentar con los sentimientos en el terreno resbaladizo de los deseos, se necesita tener un grado de libertad que nos arroje de los brazos de la culpa y nos permita ser diferentes. Un hecho teatral con algunas fisuras que quizá ganaría en intensidad si el tiempo real de la representación fuese algo más breve. Un acierto es el clima que genera desde el ingreso a la Sala el dispositivo escénico (Jorge Ferrari). El predomino del color ocre / marrón claro y las líneas rectas, sin movimiento, como si cierta represión emocional formara parte del ambiente y del miedo al mundo exterior constitutivo de los personajes. Así lo cotidiano con un dejo de aburrimiento y la idea de permanecer o no al espacio intimo envuelve a los “heridos de amor” en la lejanía.

 

Ficha Técnica: Heridos de amor versión de Exiliados de James Joyce. Interpretes: Camilo Parodi (Ricardo), Maia Francia (Nora), Tony Lestingi (Roberto), María Dimaio (Beatriz), Silvia Trawier (Brigid) y Franca Ferrari (Lucía). Escenografía: Jorge Ferrari. Iluminación: Ariel del Mastro, Tony Lestingi. Vestuario: María Dimaio, Maia Francia.   Prensa: Silvina Pizarro. Producción: Eduardo Tatay. Asistencia de Dirección: Agustina Iparraguirre. Adaptacion y Dirección: Claudio Ferrari. Centro Cultural de la Cooperanción.


1 El drama Exiles se publicó en mayo de 1918, simultáneamente en Inglaterra y Estados Unidos. En ese tiempo Ulises estaba siendo publicado por entregas en la revista Little Review; el poeta T. S. Eliot, que las seguía puntualmente, escribió admirado, en la revista Athenaeum (1919)

2 Mientras escribía el Ulises Nora le dijo llorando a Frank Budgen: «Jim quiere que vaya con otros hombres para poder escribir al respecto». El matrimonio, sin embargo, debía bromear sobre el asunto, según se desprende de su correspondencia, en algunos casos de muy subido tono sexual, y hasta pornográfico. He aquí un pasaje ligero:

¡Me gustaría que me flagelaras, Nora, amor mío! Me encantaría haber hecho algo que te desagradara, algo insignificante incluso, tal vez una de mis costumbres bastante indecentes que te hacen reír: y después oír que me llamas a tu habitación y encontrarte sentada en un sillón con tus gruesos muslos separados y la cara roja como un tomate de ira y un bastón en la mano.

Carta, se cree, de 13/12/1909

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