La Omisión de la Familia Coleman

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La Omisión de la familia Coleman de
Claudio Tolcachir
Mercedes Morán con Claudio TolcachirA pesar de todo somos una familia

Azucena Ester Joffe, María de los Ángeles Sanz

Desde hace diez años La Omisión de la familia Coleman ha recorrido escenarios desde el estreno en Timbre 41, tanto en la Argentina y como en el exterior. Hace unos años se podían ver los afiches en el metro de Barcelona. Esta vez luego de tantos escenarios diferentes, le tocó a la Sala Pablo Picasso del Paseo La Plaza ser el lugar donde las vicisitudes de una familia no tan extraña llegan al espectador para sumergirlos en su mundo particular. En un escenario semicircular, tan diferente al de su estreno, con un espacio divido en dos, la casa y el hospital, los actores dirigidos por su autor, Claudio Tolcachir, se transforman en esos desangelados personajes, con una fluidez que hace que nada quede fuera del maravilloso ensamble. Todos y cada uno de ellos tienen tan interiorizadas a sus criaturas, que nos transmiten como espectadores cada una de sus subjetividades llevándonos desde el humor de las ocurrencias de Memé, hasta el dolor de las lúcidas frases de Marito. La familia como centro de una comunidad da cuenta en su pequeño universo de una problemática que la excede y que tiene que ver con la sociedad toda. Una familia que contiene en sí como capas superpuestas la historia de Memé y sus relaciones, y una sumatoria de miembros que no comparten todos, un mismo imaginario. Una familia que se mantiene en el silencio de lo importante, de aquello que debería ser discutido, y sobrevive el día a día, tratando de simular, de no ver, y de huir, aunque les sea casi imposible. La abuela constituye en ella un bastión que sostiene con su fuerza centrípeta la oleada de desaciertos entre las ausencias y las presencias inútiles. Su personaje fue encarnado durante mucho tiempo por Ellen Wolf, y ahora lo es por Araceli Dvoskin con la misma eficacia, al igual que el personaje de Marito quien era llevado adelante por Lautaro Perotti y hoy está en el cuerpo de Fernando Sala, quien encuentra el tono y la forma de un personaje que es la punta del iceberg de la descomposición de todos. La impronta de la pieza está en que cada uno son necesarios para dar cuenta de la situación del otro, y que el lenguaje con que llevan adelante los diálogos, o los cuasi – diálogos no guarda ningún grado de piedad. En el transcurso de la obra, como fisgones de una realidad que se nos presenta sin medias tintas, pasamos de la identificación con algunas de las acciones, a la ternura por alguno de los personajes, y al desconcierto de saber que cada familia, incluida la nuestra, tiene su propio infierno. De ahí el éxito prolongado de una pieza que comenzó tímidamente a dar sus primeros pasos hace ya diez años, y lograr con un realismo exasperado, llevando al límite a sus criaturas, poner sobre el escenario lo oscuro, lo omitido necesario para poder seguir adelante a pesar de todo. Un realismo que omite como los Coleman, parte de la historia, nunca sabremos concretamente como se construyó de esa manera, y que apuesta a un espectador atento que realice los puentes necesarios para construir de alguna forma el relato. La representación de estos vínculos familiares, siguiendo a Díaz –Libonati en su análisis del teatro emergente a comienzos de la primera década del siglo XXI pretende:

(…) no sólo examinar las bases ideológicas presentes a nivel sociológico y antropológico de la institución familiar argentina y su imaginario, sino que pretende también un juego intertextual con esas piezas, de nuestra dramaturgia, con el objetivo de revisar el modo en que tradicionalmente nuestro teatro ha representado dichos vínculos. (2013: 138)

Para ambas investigadoras, en relación a la obra de Tolcachir, se podría identificar “un juego intertextual con La nona”, ya que sus personajes conforman también dos sistemas separados: la abuela, por un lado, y el resto de los Coleman, por otro. En La Omisión…

(…) los personajes se definen a partir de las situaciones, de hechos –generalmente inesperados- que parecen sucederles de un modo determinista, sin que ellos alcancen a adquirir una acabada conciencia de la realidad. En tanto sujetos contradictorios, escindidos e inestables -emergentes de una sociedad sumamente compleja y conflictiva, que ha perdido sus valores- se entregan resignadamente a la situación social y a las condiciones de vida que les ha tocado padecer, y viven el presente, el día a día, sin plantearse ningún proyecto de vida. (145)

Hoy podemos afirmar que La Omisión de la familia Coleman es ya un clásico de un realismo que buscaba nuevos procedimientos para dar cuenta de una realidad fragmentada dentro de la sociedad y dentro de la familia que ya no era, nunca lo fue, la familia Ingalls. Las familias disfuncionales, que transgredían y transgreden el imaginario social instalado como la “normalidad”, donde, en cambio, los hijos se asumen de padres diferentes y las madres son mujeres solas que instalan un matriarcado. En La Nona aunque ineficiente, había una cabeza de familia masculina, Carmelo, mientras en La Omisión… el pater noster desaparece y su lugar es ocupado por la abuela, quien sostiene el hilo frágil de la unión familiar, aquella que se disgrega cuando ella no está. Más allá de la solidez de las actuaciones, del espesor que el hecho teatral ha adquirido desde su estreno a la actualidad y de haber superado el desafío al estrenar en el amplio espacio de la sala Pablo Picasso, la escritura escénica de Tolcachir está en el camino de las obras que construyen nuestra memoria cultural y social. Mientras sus personajes y su historia se actualizan constantemente sin perder la atmósfera intimista, más allá de la instancia de creación.

Ficha técnica: La Omisión de la familia Coleman de Claudio Tolcachir. Elenco: Araceli Dvoskin, Miriam Odorico, Inda Lavalle, Fernando Sala, Tamara Kiper, Diego Faturos, Gonzalo Ruiz, Jorge Castaño. Asistencia de dirección: Macarena Trigo. Diseño de luces e iluminación: Ricardo Sica. Prensa: Marisol Cambre. Fotografía: Giampaolo Samá. Diseño gráfico: Johanna Wolf. Equipo de Producción: Timbre 4, Carolina Fischer y Natalia Mesía. Producción general: Máxime Seugé y Jonathan Zak. Sala Pablo Picasso. Paseo La Plaza.

Bibliografía
Díaz, Silvina – Adriana Libonati, 2013. “El conflicto en el centro de la escena: parodia y crítica social” en Metáforas escénicas y discursos sociales. Reflexiones sobre el teatro en el debate cultural. Buenos Aires: Ricardo Vergara: 131-146.

1 Estrenamos un agosto de lluvia con la esperanza de haber realizado un buen trabajo y sin más expectativa que permanecer algunos meses en cartel para mostrar orgullosos la obra. Pero cada vez más gente acudía a la sala y las funciones siguieron. Llegaron los festivales, las giras, la construcción de otra sala más grande, temporadas por todo el mundo. Con subtítulos, sin subtítulos. Aviones, micros, trenes. Nuestra familia fue adoptada con pasión en muchos lugares provocándonos un placer y una emoción ilimitados. (Claudio Tolcachir, programa de mano)

Las autores hacen referencia a obras fundacionales de nuestro campo teatral y a otras obras que han marcado un camino en el hacer teatral, en especial: En familia (1905) de Florencio Sánchez, Las de Barranco (1908) de Gregorio de Laferrère, Mateo (1925) de Armando Discépolo; El Organito (1923) de Armando y Enrique Discépolo, Así es la vida (1934) de Arnaldo Malfatti y Nicolás de las Llanderas y La nona (1977) de Roberto Cossa.

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