No inventes lo que no quieras que exista de Florencia Carreras & Agustín León Pruzzo

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No inventes lo que no quieras que exista
Basada en textos de Silvina Ocampo

“El hombre es un animal que no marca su territorio con los rastros de sus deyecciones, se apropia del Mundo mediante la palabra. Pero la palabra ocupa el lugar de las cosas y deviene Mundo. El lenguaje es un territorio sin olor. En el principio era el Cuerpo. Y el cuerpo se hizo Verbo.” (Eduardo Del Estal)

Azucena Ester Joffe, María de los Ángeles Sanz

cupulaaaaaaaaaaaaaEl espacio edilicio de Estudios Caracol [1] donde se desarrolla la puesta en escena tiene mucho del esplendor de antaño, de lo mágico y de lo onírico, una experiencia distinta y que permite a nuestra imaginación recorrer cada puerta, cada grieta, cada ventanal,…desde una vista única para los transeúntes que recorremos la Av. Roque Sanz Peña durante el trajín laboral. En ese espacio, una actriz, Florencia Carreras, lleva adelante la construcción de una puesta que como un discurso único y complejo encierra en su interior, un género: el cuento; una comprensión en su doble dimensión semántica: para la literatura y para la construcción de la identidad. El relato asociado a la memoria del que narra, describe a la vez situaciones y personajes pero al mismo tiempo crea un discurso que lo compromete en una subjetividad fragmentada, que va construyendo una verdad horadada por la realidad, por la percepción y el lenguaje que unifica el sentido. Lo nominado existe aunque no pertenezca al mundo de lo real concreto, lo que no se nombra deja de existir como una sombra que se aleja y se difumina en el espacio temporal del olvido de la palabra. Silvina Ocampo fue una escritora de inquietante imaginario, sus cuentos tienen hoy lecturas que bucean en sus recovecos, en sus pliegues escritúrales para dar cuenta de una admiración que no cesa sobre una forma de construir literatura en un campo cultural cuyo núcleo duro era patrimonio del hombre. Los sujetos de sus historias son noinv6mujeres; y no es un dato menor. Mujeres que en el indefinido límite entre ficción y realidad, se atreven a dar rienda suelta a sus pasiones, hasta la muerte. La niña – virgen- mujer, que llega al todo o nada por conquistar el deseo del otro, el hombre. En una de las primeras escenografías, una cama, una pequeña mesa con su máquina de coser, una mesita de luz con frascos de botica, y un relato que comienza con un sueño y termina en pesadilla. La elección del vestuario de la actriz, el uso de las ventanas que dan a la extraescena en ese primer altillo, más allá del décimo piso del Edificio…y el espectador de pie o sentado en ese espacio por demás íntimo, que debe correrse para dar paso al cambio de situación y de lugar, mientras sigue sorprendido, escaleras arriba, el camino que lo llevará al próximo cuento. Todos ellos hilvanados por la figura de otra actriz, An Dopslaff, que se convierte en la anfitriona y la no inventes 1narradora entre una acción y otra, tejiendo a su vez otro relato, el del proceso de la lectura sobre las palabras de la autora. Ese continuo desplazamiento del público, acostumbrado a la pasividad en penumbras, hace que todos nuestros sentidos estén atentos a la protagonista. La actriz con profesionalismo en cada tono, gestualidad y/o mirada construye a los distintos personajes con sus diferentes texturas. Así, a medida de que vamos subiendo por las estrechas escaleras el discurso se va transformado en un continuo espiral descendente como si fueran los círculos del Purgatorio de la  pero sin un final feliz y sin la posibilidad de purificación. Como por una fuerza extraña el sentido ascendente en esta puesta en escena es inverso a cualquier posible solución de la historia. A medida de que se cambia el espacio de la representación se va transformando en un lugar más intimo, más cruel, que deja atrás lo que podría tener de onírico la primera escena comentada, de tal forma que se va incrementando la intensidad dramática hasta casi lo intolerable. Si bien, los distintos temas – el amor, la devoción, la locura,…- están siempre presentes en la particular escritura de Ocampo, en especial, el recorrido por la cúpula nos sumerge en otra dimensión noin“no terrenal” y la música en vivo termina por ubicarnos en un tiempo y espacio suspendido de nuestra cotidianidad. Otro acierto es la conjunción entre la precisa escenografía con mínimos elementos – un columpio, una máquina de escribir, una bañadera,…- y el cuidadoso vestuario con sus correspondientes accesorios que nos anclan en cada texto poético, en cada escena con su criatura, entre sus deseos y en sus fantasmas. La dirección de Agustín León Pruzzo pone en escena la subjetividad femenina, en esos cinco pequeños círculos dantescos, en esos espacios confesionales, en un clima intimista donde cada uno se llena de múltiples estímulos visuales y auditivos, de ficción y de realidad.noooo

Ficha Técnica: No inventes lo que no quieras que exista. Dramaturgia: Florencia Carreras & Agustín León Pruzzo, sobre cuentos de Silvina Ocampo (“La Paciente y el Médico”, “Rhadamanthos”, “La Oración”, “El Lazo” y “El Sótano”). Actúan: Florencia Carreras y An Dopslaff. Violín en vivo: Eugenio Chuke Estela. Escenografía: Victoria Saravi. Luces: Gastón Noél Zuruzpi. Utilería: Oswaldo Tello. Fotografía: Álvaro Alonso. Diseño Gráfico: Francisco Cibils. Asistencia General: Marcos San Millán. Producción: Florencia Carreras y Estudios Caracol. Prensa: Silvina Pizarro. Dirección y Puesta en Escena: Agustín León Pruzzo. Estudios Caracol. Duración: 70’. Estreno: Mayo 2015.

Bibliografía:
Del Estal, Eduardo, 2010. Historia de la mirada. Buenos Aires: Editorial Atuel.

[1] En la cúpula del mítico edificio Bencich: http://www.estudioscaracol.com.ar/index.php [11/06/2015]

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