Puente roto de Pompeyo Audivert

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Puente roto
de Pompeyo Audivert
Sainete Nacional Metafísico
Los círculos infinitos de la historia

Azucena Ester Joffe, María de los Ángeles Sanz

1puenteSainete, dos características: tipificación y polifonía. De esta manera construye Pompeyo Audivert la dramaturgia de Puente roto; a través de personajes tipificados del sainete rural criollo, y la polifonía no tiene ya la característica del cocoliche sino que se expande en dos sentidos: uno la dialectal, el tono, la manera del habla del norte, apenas insinuada, y la dialéctica, la que encierra las voces disidentes entre unitarios y federales. Si en el sainete criollo, el otro es el inmigrante, en la tragedia nacional y su sainete, el otro es el hermano. La historia del general Lavalle y Damasita, melodrama de nuestra historia, atravesado por un presente en que la muerte está como invitada de honor para dar cuenta de la fragilidad de la vida y de los sentimientos que encierra. El tercer elemento constitutivo, el humor, también está presente en la propuesta, y a pesar de las secuencias que transitan violencia, verbal y física, y una sexualidad desbordada, cargada de las pasiones de una época transitada desde el romanticismo; a pesar de la tragedia, el humor se hace presente, y nos obliga a reírnos de la ingenuidad del porteño que decide ir tras su enamorada, para encontrarse de lleno con el relato el propio, el privado, el individual, contenido dentro de otro el que nos involucra como país, y nos constituye identitariamente. El puente roto, símbolo de la disidencia entre uno y otro sector del territorio de la República; de un país, el del pasado en plena constitución, en plena lucha por un discurso hegemónico que se imponga por desplazamiento del que rige. Roto, como el posible diálogo fecundo entre dos proyectos antagónicos, el que se quiere establecer entre el federalismo y un porteñismo a ultranza, entre lo propio y lo extranjero, entre el reconocimiento de nuestras raíces y la búsqueda de la construcción de una doble naturaleza, la que se impone desde las palabras y compone un futuro sin pasado. Pompeyo Audivert y sus actores proponen entonces de una puesta teatral la memoria de una constante nacional; los fragmentos temporales dentro del mismo espacio del relato; un espacio que cambia sólo desde la mirada angustiada de un personaje, Esteban, (¿por Echeverría? Que no logra encontrar su propio lugar en la historia, que también ya está sin sentirlo ni comprenderlo inmerso en ese pasado que lo significa. “La imagen nace puente-roto-t_21197chporque en la comunidad hay una ausencia primordial que exige ser reparada” (23), afirma Del Estal, en Historia de la mirada. Las imágenes que se producen en la escena son una necesidad de restaurar una y otra vez el puente roto en las relaciones de nuestra sociedad, que todavía se niega a leerse en su discurso constitutivo. Que no comprende ese otro puente que se transita entre las acciones del pasado y las del presente. Un puente sellado con la muerte sobre una tierra que como en la oración final de Damasita, requiere de sus hijos ese sacrificio para el porvenir. El telón de fondo simula un mapamundi, donde el concierto de las acciones se suma, en un rancho singular donde el presente y el pasado tienen su cita orgiástica. Los círculos se cierran sobre los cuerpos que una y otra vez reiteran con pequeñas variantes que tienen que ver con el paisaje, el mismo acto de lucha entre realidades distintas sobre un mismo hecho concreto. Las muy buenas actuaciones son exteriores, lo suficiente, para dar cuenta del género que enuncian, y de la relatividad de los personajes que se enfrentan a una misma acción; la lucha entre dos bandos, la muerte de Lavalle, el fusilamiento de Dorrego, la soledad de las mujeres que ven morir a sus hijos, y al amor, en el romántico proceso del héroe de anteponer el deber a las ideas ante todo; y que reiteran en su historia la de muchos, algunos olvidados, hundidos en la oscuridad de un razón que se niega a una luz que irradie a todos.

Ficha técnica: Puente roto de Pompeyo Audivert. Adaptación: Andrés Mangone. Elenco: Juan Manuel Correa, María Zubiri, Fernando Ritucci, Adrián Túfolo, Gustavo Saborido, Milagros Fabrizio, Martín Scarfi, Hernán Bustos. Música en vivo y composición: Hernán Bustos. Arreglos: Carlos Moreno y Roy Martínez. Diseño de iluminación y escenografía: Andrés Mangone, Matías Noval. Realización de esconografía: Lorena de la Fuente. Producción ejecutiva: Mónica Goizueta, Marta Davico. Asistencia de dirección: Mónica Goizueta. Dirección: Andrés Mangone. Prensa: Simkin – Franco. Fotos: http://www.valefiorini. com.ar. Comunicación visual: CCC Claudio Medín – Estudio M. Centro Cultural de la Cooperación: Sala Raúl Tuñón. Duración: 60′. Estreno: 17/07/2015

Bibliografía:
Del Estal, Eduardo, 2010. Historia de la mirada. Buenos Aires: Textos Básicos / Atuel.

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