Las horas fuera de los márgenes de Javier Margulis

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Las horas fuera de los márgenes

Versión de Javier Margulis sobre un cuento de Bruno Schulz

Un relato de la vejez y las horas vacías

Azucena Ester Joffe, María de los Ángeles Sanz

12565400_199248183758520_2027272488722082774_nJavier Margulis toma un cuento del plástico y escritor polaco Bruno Schulz1, asesinado en la Segunda Guerra Mundial por su condición de judío en 1942, y refuerza su sentido en el pensamiento de aquello que se va perdiendo con el avance de la edad, y aquello que podemos recuperar con la concreción de los sueños que en su tiempo no pudimos cumplir; vivir nuestra infancia con mayor plenitud, sin el pensamiento perseguido por la obligación de ser como se espera de nosotros. Las horas fuera de los márgenes narra desde un lugar donde se cruzan el realismo naturalista y el mágico, una instancia donde el personaje que cuenta una circunstancia de su vida apresa desde el deseo un tiempo perdido y busca volver a vivir en esos lugares, donde la consigna era compartir con otros y vibrar con ellos. En el mundo Schulz, la realidad y la irrealidad se suman para construir otro espacio posible, en un tiempo donde la sociedad iba oscureciendo su tiempo a partir del avance del fascismo. Las horas fuera de los margenes 11En el espacio de la sala Patio de Actores, el diseño escenográfico se presenta al espectador con creatividad; lo barroco que podría haber sido la acumulación de objetos que simbolizan el paso del tiempo, y la edad del personaje, se alivia ante la presencia de poleas que en su accionar, ponen y quitan la presencia de los mismos: un espejo que baja cuando el anciano debe mirarse en él que luego sube y desaparece, por ejemplo. El tema nos pone en un tiempo que podría parecer anacrónico, pero que busca la atemporalidad necesaria para que pensemos en las palabras que aparecen en el texto monologado por el actor, como una circunstancia a devenir para nosotros mismos. La música, original para la puesta, acompaña los movimientos estudiados del actor que desde su cuerpo joven logra construir un cuerpo otro, pero que desde el discurso no consigue ser atravesado por las palabras, y esta dicotomía juega en contra de su expresividad en la escena. 12508882_199248530425152_6457675685477977542_nPor otro lado, quizá si la duración real de la obra fuese algo más breve ganaría intensidad el relato. Seguramente hay un largo proceso antes para poner en escena una historia que nos muestra a un hombrecito que de manera ingenua y dulce quiere recuperar momentos de su infancia y llegar a volar, tal vez como Juan Salvador Gaviota. Por último, esa precisa escenografía crea el clima necesario para contener al protagonista y, a su vez, aislarlo del mundo real. Desde una perspectiva que podría parecer sencilla Margulis supo atravesar a este “viejecito” con la soledad, los miedos y fantasmas, de la gente mayor que necesariamente intenta recuperar su pasado para sentirse viva.1930347_199248670425138_7552541199006991755_n

Ficha técnica: Las horas fuera de los márgenes versión de Javier Margulis sobre un cuento de Bruno Schulz. Actúa: Fidel Vitale. Asistente de dirección: Pablo García Tuma. Escenografía: Javier Margulis y Oscar Trussi. Realización de escenografía: Duilio Della Pittima. Vestuario: Lili Piekar. Asistencia de vestuario: Julieta Heiderscheid. Realización de vestuario: Stella Giorgio. Iluminación Matías Luciano Tinganelli. Operadora de luces: Julieta Carrillo. Música Original: Javier Margulis. Colaboración en arreglos: Adrián Odriozola. Estudio de grabación: “La cuerda”. Coordinación de producción: Rosalía Celentano. Prensa: Duche & Zarate. Dramaturgia y dirección: Javier Margulis. Teatro Patio de Actores. Estreno: 16/01/2016.

Hemeroteca:

Forn, Juan, 2015. “Una tumba para Bruno Schulz” en la Contratapa de Página 12, 3 de julio.

1 Los cuentos se publicaron gracias que a las cartas donde se enviaban las historias fueron consideradas por quien las recibía como cuentos que debían ser publicados. Reproducimos un fragmento de la nota de Forn que es sumamente interesante para entender al escritor que no es demasiado conocido, salvo en el campo literario.

En el fondo de Polonia (“es decir en ninguna parte”, como escribió Alfred Jarry en el comienzo de Ubú Rey), más precisamente en la perdida localidad de Drohobycz, había un anónimo maestro de dibujo de una escuela del pueblo que, a principios de 1930, entabló correspondencia con una dama de las letras de Varsovia, interesada en sus extraordinarios dibujos. Cada carta incluía una posdata donde el maestro le contaba a la dama historias de aquel pueblo, especialmente de los miembros de su familia. Las cartas eran cada vez más cortas y las posdatas cada vez más largas, porque la dama reclamaba más y más detalles de esos delirantes relatos familiares, hasta que en cierto momento le anunció a su corresponsal: “Ha escrito usted un libro de cuentos en estas cartas; ahora hay que publicarlo”. Cosa que efectivamente hizo, con un éxito insospechado. El inefable Ignacy Witkiewicz lo leyó y anunció a los cuatro vientos que el futuro de la literatura polaca dependía exclusivamente de tres escritores, y que esos “tres mosqueteros contra la solemnidad” eran Witold Gombrowicz, él y ese maestro de dibujo de Drohobycz que se llamaba Bruno Schulz. (Pág /12)

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