Teatro Memoria y subjetividad de Cristina Escofet

Estándar

Presentación del libro Teatro Memoria y subjetividad de Cristina Escofet

En el marco de las VIII Jornadas Nacionales y las III Jornadas Latinoamericanas de Investigación y Crítica Teatral

María de los Ángeles Sanz

En un encuentro cargado de expectativa se presentó en la sede de las Jornadas del Centro Cultural de la Cooperación, el libro de Cristina Escofet de Editorial Nueva Generación, que recoge en un volumen seis de las obras de la escritora, dividas en dos grupos: las que se estructuran como diálogos entre los personajes, y las que se constituyen a partir del monólogo como procedimiento. De todas las obras que conforman el libro sólo de la primera, Mugres de la María y el Negro, no tuve la suerte de ver la puesta en escena, si de las demás y en cada caso la experiencia fue inolvidable, por la calidad de las actuaciones, y por una dirección que supo encontrar en cada uno de los intérpretes la fuerza y la pasión necesarias. Por eso, es un acontecimiento feliz poder tener reunidos cada una de las textualidades que expuestas en escena cobraron acción y cuerpo específico. ¿Qué une como un hilo invisible a cada una de las piezas editadas? La memoria, y la subjetividad de la historia es lo que rescatan con todo su fuerza las textualidades dramáticas que conforman el libro sobre seis de la obras de la filósofa – dramaturga, Cristina Escofet. Con una Introducción donde aleja todo vestigio de neutralidad, Escofet expone con una escritura inteligente un panorama que abarca no sólo lo teatral sino su funcionalidad en un campo social y político complejo, donde el rescate de las voces acalladas muchas veces por un poder temeroso de perder sus privilegios, tienen en sus obras un grito, una forma de no desaparecer. “Soy un sujeto histórico” afirma apenas comenzado el trabajo, y esa realidad se desplaza, deviene en cada uno de los personajes que componen el corpus de sus obras. Un sujeto histórico que se mueve no en los grandes relatos sino en aquellas intimidades alejadas de la mirada objetiva que la ciencia histórica consideró dignas de narración. Humanidad pura en su desolada desnudez, de cuerpo y sobre todo de alma. Por otra parte, se afirma preocupada por nuestra entidad latinoamericana, una entidad que muchas veces es la lectura de la mirada europea sobre nosotros, y que leída desde el centro de nuestra percepción se resemantiza.

Ser latinoamericana, es ser hija de un continente de territorios conquistados, y ese sentimiento, el de no sabernos más que tierra o cuerpo de geografías y derechos permanentemente amenazados, fortalece la conciencia de que si algo somos, es la incertidumbre. Y esto lejos de constituir debilidad es fortaleza. Una fortaleza que sabe de qué lado, o lados provenimos. Y desde luego, esta perspectiva, carece de neutralidad. (19/20)

De allí, la temática de sus obras, la búsqueda de una entidad y una identidad atravesadas por el concepto de género, definido como una ecuación que no es, mujeres versus hombres, sino que es la definición del punto de vista desde el cual nos ubicamos en el mundo. Dentro del concepto género, aparece la dificultad de aceptar al otro, al diferente, de verlo en toda su dimensión humana. Latinoamérica como la geografía del otro y de lo diferente, que no se reconoce porque se mira en espejo ajeno, y que necesita sentir lo propio como constitutivo y deseado. Es necesaria la conciencia de nuestra subjetividad atravesada por los mandatos, con- formada por la escuela, la religión, la familia, el Estado, para luego decontruirla y a partir de allí, formar una subjetividad nueva, propia, consciente de sí misma. El conocimiento como base de cualquier proceso de cambio, al igual que sucede con aquellos que son capaces de transgredir las leyes del arte, una vez que las han experimentado y se han apropiado de sus procedimientos. Es así, que la figura poco común como personaje central en nuestra dramaturgia, como sino hubiera existido: la negritud, está presente en la primera obra que compone el volumen: Mugres de la María y el Negro (2012),1 obra lunfarda, cuya dedicatoria es una declaración de principios: “A la memoria de doña Justa, “la india” de ojos grises quien fue mi segunda madre en la tierra araucana en la que nací (Caleufú) y que signó mi vida en busca de identidades”

Dos Personajes, una blanca y un negro, ambos envueltos en los avatares de una historia que los cruza en la realidad de un prostíbulo, el cuarto de las cuarteleras, de las putas, espacio que se irá modificando de acuerdo a como lo necesite la intriga. Un texto atravesado por la poesía de Raúl González Tuñón, y por la pobreza que no distingue como la muerte color ni condición ninguna: Eche dos centavo en la ranura / Tacuarí al fondo / confines Constitución / casa rosada / burdel orillero… (87) El cuerpo de la mujer cosificado, el cuerpo del negro también, carne de cañón de las guerras de los blancos y sus luchas de ambición. La muerte ronda los cuerpos y el amor es una fantasía para los que pueden. Allí los géneros se funden en el mismo destino de mugre y espanto. Los cuerpos son otros, pero el destino es el mismo. Prosa y poesía popular, en un texto que se atreve desde la femeneidad a discutir la historia invisible, la que no se cuenta, la vergonzante para una entidad nacional que se ve a sí misma, blanca y occidental. La guerra, la muerte, la desolación son también el continente de La Roca donde dos personajes Stella y Susana transitan cuadros donde el escenario es temporalmente diferente pero donde la cuestión de género está atravesada por la guerra, la economía y la política, acompañando los ciclos de la naturaleza. En La Ciega (Lluvia gris) 21 de abril de 2002, uno de los cuadros que conforman la totalidad dramática, la descripción nos remite a la Argentina después de 2001, y es casi una profecía a futuro:

Stella: 2002 21 de abril

Siento que mi estómago se da vuelta como un guante. Sensación de vértigo. Sensación conocida. Miedo. A que todo desaparezca o se me muera. Las calles desiertas. Se vive la guerra económica. Los diarios se lo dicen al mundo. Y nosotros tratamos de mentirnos aquella estabilidad a la que alguna vez nos acostumbramos. Me organizo rutinas de trabajo. Ya poco le importa a nadie lo que sepa hacer. Los mercados laborales se han cerrado. Trato de pensar que no. Que mañana va a ser diferente. Una cola frente a los tachos de basura. Los que llegan primero tendrán acceso a los tomates menos podridos. (141)

Stella: 10 de agosto

(…) La pobreza nos vuelve ciegos. La pobreza de los otros. (142)

Con un alto nivel de ironía, de humor negrísimo la escritura de Escofet se burla de todos y de ella misma, y de nuestra mentira de discurso progre, pero sin contenido concreto: “Stella: Me invitaron a ver una obra de protesta sobre lo que pasa en la realidad. No quise ir. Tampoco he querido solidarizarme por mail con ninguna mujer lapidada. Mientras me importen tanto los perfumes he jurado no jugar juegos progres.” (142) La ambigüedad de clase, de una clase, la media, que siempre se mueve con dificultad entre la riqueza y la pobreza, entre las dos puntas del mapa que si saben cuál es su sitio, y como deben luchar en la vida para defender unos un lugar en el mundo que les es negado, y la otra para no caerse del paraíso de sus privilegios. Dos personajes que atraviesan los espacios y los tiempos de una historia que tiene a la mujer como protagonista: víctima y victimario. Y a la vez cuerpo de resistencia, cosmos de muerte y resurrección.

Desde la figura de esa mujer, aparece Eva, la chinita, la que como lagartija, tiene el cuero duro para soportar los avatares de su vida y de su muerte; que sobrepasará los límites y permanecerá en la vida de todos por siempre, esa mujer que luego tendrá en la escritura de la dramaturga su propio territorio teatral: Bastarda sin nombre (2011) y una estructura diferente: el monólogo. Un extenso tempo detenido en el cuerpo de una actriz que se siente el personaje, y nos hace desde el escenario ver y sentir a la mujer que significó un cambio rotundo en la política del país.

Bastarda sin nombre

La mal nacida…

Soy la que quiso venir

la que el patrón no quería…(235)

Prosa y verso en la dramaturgia de la autora, se cruzan y funden para dar cuenta de un encuentro de subjetividad a flor de piel, que se transforma en fuerza y palabras duras, o en una sensibilidad fina, que va dibujando los personajes a partir de la metáfora, de las imágenes.

Eva dice el viento

Que rodó en mi infancia

Eva grita el eco

Con su voz vacía,

Prestándole alas

A mí bastardía. (237)

Las palabras como piedras en la mano son toscas para desafiar desde la boca de esas mujeres lo escrito por otra para ellas. Y son suaves para definirlas en una estructura que muestra la fortaleza de la debilidad. Y en ese tejido de palabras el pasado y el presente están en el vientre de la historia. Camila busca las palabras para pedir piedad, pero encuentra en el fondo de su conciencia un discurso que encierra una amenaza.

Usted se ríe. A mí me cuesta. Por el diente. El otro día, me ví en otro siglo. Rodeada de jóvenes. Hombres, mujeres. Corríamos por las calles. Teníamos fusiles, granadas, panfletos, levantábamos trincheras. Y Nos besábamos en las barricadas…No, no es delirio. Es la verdad. Es que si me matan, yo voy a… No sé como explicarme…Voy a eso…Voy a resucitar. Y va a ser peor. Mejor déjenme viva pero encadenada. No es bueno que la gente ande reviviendo. El resentimiento no es bueno Señor Lugarteniente… (286)

De los tres monólogos que componen el libro, lo cierra la figura masculina y emblemática del padre Mujica, el rey pescador de hombres; lejos del mito el que aparece una vez más es el hombre, o la humanidad hecha hombre. De todos los personajes el más cercano, el contemporáneo, el que todavía duele en la memoria viva de la escritora y de muchos de los lectores y espectadores potenciales. El renegao de su clase, que se autoexilia a la pobreza por convicción irrefrenable, el asesinado cada vez en el cuerpo de los otros, esos otros siempre ninguneados, los villeros, los negros, los cabecitas, los pobres.

La escritura de Cristina Escofet pone en el centro de su atención al sujeto, por eso su dramaturgia presenta un grado intenso de subjetividad en sus personajes. Lejos de la mirada descriptiva del lente de la cámara, o del distanciamiento reflexivo, su relato compone cuerpos, figuras donde la escritura que los conforma es visceral. De allí proviene la elección de los personajes, referenciales, históricos, pero cargados de la ambigüedad que deviene de las almas confundidas en el vértigo peligroso de la época: Camila O’Gorman, el padre Carlos Mujica. Lejanos o contemporáneos, propios o ajenos como algunos de los que aparecen en Ay, la Patrie (2008): El Marqués de Sade, Camila O’Gorman, Danton, Marat, Olimpia de Gouges; siempre en el margen, seres en el margen, al filo de sí mismos y en el centro de los hechos al mismo tiempo. Así los teje su escritura, cercanos y extraños, desde el dolor y la admiración que produce la fuerza de saberlos cumpliendo su destino; seres con la carnadura de los héroes románticos, construyéndose a sí mismos a cada paso y fieles al camino: el recorrido y el que los conduce hasta donde las acciones los lleven, seres que nos muestran su humanidad completa, que dudan, sufren en medio del marasmo de la incertidumbre pero que no cejan en ser ellos mismos hasta el final.

1Esta obra fue publicada en 2012 en Del Palenque a la escena. Antología sobre temas de la negritud en Latinoamérica (Universidad de Antioquía, Colombia)

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s