Teatro: Memoria y Subjetividad de Cristina Escofet

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Teatro: Memoria y Subjetividad

Seis obras de Cristina Escofet

Introducción de Cristina Escofet

Prólogo de Lola Proaño

Editorial Nueva Generación, 2015

Páginas 398

Azucena Ester Joffe, María de los Ángeles Sanz

La memoria, y la subjetividad de la historia es lo que exaltan con todo su fuerza las textualidades dramáticas que conforman el libro que presenta la Editorial Nueva Generación sobre la escritura de la dramaturga Cristina Escofet. Con una Introducción de la autora donde aleja todo vestigio de neutralidad, Escofet expone con una escritura inteligente un panorama que abarca no sólo lo teatral sino su funcionalidad en un campo social y político complejo, donde el rescate de las voces acalladas muchas veces por un poder temeroso de perder sus privilegios, tienen en sus obras un grito, una forma de no desaparecer. “Soy un sujeto histórico” afirma apenas comenzado el trabajo, y esa realidad se desplaza, deviene en cada uno de los personajes que componen el corpus de sus obras. Una historia que se mueve no en los grandes relatos sino en aquellas identidades alejadas de la mirada objetiva que la ciencia histórica consideró dignos de narración. Por otra parte, nuestra entidad latinoamericana, una entidad que muchas veces es la lectura de la mirada europea sobre nosotros, y que leída desde el centro de nuestra percepción se resemantiza.

Ser latinoamericana, es ser hija de un continente de territorios conquistados, y ese sentimiento, el de no sabernos más que tierra o cuerpo de geografías y derechos permanentemente amenazados, fortalece la conciencia de que si algo somos, es la incertidumbre. Y esto lejos de constituir debilidad es fortaleza. Una fortaleza que sabe de qué lado, o lados provenimos. Y desde luego, esta perspectiva, carece de neutralidad. (19/20)

De allí, la temática de sus obras, la búsqueda de una entidad y una identidad que nunca se olvida del concepto de género, definido como una ecuación que no es, mujeres versus hombres, sino que es la definición del punto de vista desde el cual nos ubicamos en el mundo. Dentro de género se involucra la dificultad de aceptar al otro, al diferente, de verlo en toda su dimensión humana. Es necesaria la conciencia de nuestra subjetividad atravesada por los mandatos, con- formada por la escuela, la religión, la familia, el Estado, para luego decontruirla y a partir de allí, formar una subjetividad nueva, propia, consciente de sí misma. El conocimiento como base de cualquier proceso de cambio, al igual que sucede con aquellos que son capaces de transgredir las leyes del arte, una vez que las han experimentado y se han apropiado de sus procedimientos. Es así, que la figura poco común como personaje central en nuestra dramaturgia: la negritud, como sino hubiera existido, está presente en la primera obra que compone el volumen: Mugres de la María y el Negro (2012)1, obra lunfarda, cuya dedicatoria es una declaración de principios: “A la memoria de doña Justa, “la india” de ojos grises quien fue mi segunda madre en la tierra araucana en la que nací (Caleufú) y que signó mi vida en busca de identidades”

Dos Personajes, una blanca y un negro, ambos envueltos en los avatares de una historia que los cruza en la realidad de un prostíbulo, el cuarto de las cuarteleras, de las putas, espacio que se irá modificando de acuerdo a como lo necesite la intriga. Un texto atravesado por la poesía de Raúl González Tuñón, y por la pobreza que no distingue como la muerte color ni condición ninguna: Eche dos centavo en la ranura / Tacuarí al fondo / confines Constitución / casa rosada / burdel orillero… (87) El cuerpo de la mujer cosificado, el cuerpo del negro también, carne de cañón de las guerras de los blancos y sus luchas de ambición. La muerte ronda los cuerpos y el amor es una fantasía para los que pueden. Allí los géneros se funden en el mismo destino de mugre y espanto. Los cuerpos son otros, pero el destino es el mismo. Prosa y poesía popular, en un texto que se atreve desde la femeneidad a discutir la historia invisible, la que no se cuenta, la vergonzante para una entidad nacional que se ve a sí misma, blanca y occidental. La guerra, la muerte, la desolación son también el continente de La Roca (2006) donde dos personajes Stella y Susana transitan cuadros donde el escenario es temporalmente diferente pero donde la cuestión de género está atravesada por la guerra, la economía y la política, acompañando los ciclos de la naturaleza. En La Ciega (Lluvia gris) 21 de abril de 2002, uno de los cuadros que conforman la totalidad dramática, la descripción nos remite a la Argentina después de 2001, y es casi es una profecía a futuro:

Stella: 2002 21 de abril

Siento que mi estómago se da vuelta como un guante. Sensación de vértigo. Sensación conocida. Miedo. A que todo desaparezca o se me muera. Las calles desiertas. Se vive la guerra económica. Los diarios se lo dicen al mundo. Y nosotros tratamos de mentirnos aquella estabilidad a la que alguna vez nos acostumbramos. Me organizo rutinas de trabajo. Ya poco le importa a nadie lo que sepa hacer. Los mercados laborales se han cerrado. Trato de pensar que no. Que mañana va a ser diferente. Una cola frente a los tachos de basura. Los que llegan primero tendrán acceso a los tomates menos podridos. (141)

Stella: 10 de agosto

(…) La pobreza nos vuelve ciegos. La pobreza de los otros. (142)

Con un alto nivel de ironía, de humor negrísimo la escritura de Escofet se burla de todos y de ella misma, y de nuestra mentira de discurso progre, pero sin contenido concreto: “Stella: Me invitaron a ver una obra de protesta sobre lo que pasa en la realidad. No quise ir. Tampoco he querido solidarizarme por mail con ninguna mujer lapidada. Mientras me importen tanto los perfumes he jurado no jugar juegos progres.” (142) La ambigüedad de clase, de una clase, la media, que siempre se mueve con dificultad entre la riqueza y la pobreza, entre las dos puntas del mapa que si saben cuál es su sitio, y como deben luchar en la vida para defender unos un lugar en el mundo que les es negado, y la otra para no caerse del paraíso de sus privilegios. Dos personajes que atraviesan los espacios y los tiempos de una historia que tiene a la mujer como protagonista: víctima y victimario. Y a la vez cuerpo de resistencia, cosmos de muerte y resurrección. También en la siguiente obra, Ay, la Patrie! (2008), los tres personajes se desdoblan mientras van atravesando un “sinfín histórico desde el siglo XVIII hasta la actualidad”, en un devenir significativo pero no falto de ironía y de humor. Fechas precisas y algunas de ellas muy caras para Occidente: desde los albores de la Revolución francesa (1789) y el Terror (1793), la pena de muerte al amor de Camila O’Gorman (1871), el bombardeo de Guernica (1937), la primavera de Cámpora y la masacre de Ezeiza (1973) hasta nuestra actual sociedad globalizada. La particular escritura poética de Escofet pone al descubierto a aquellos personajes por todos conocidos y un momento preciso de nuestra historia pero además esos otros personajes que la versión oficial los ha abandonado al anonimato por ser cotidianos y grises. Por ejemplo, en las calles de Guernica, Maruca y Angustias son dos simples feriantes que viven la guerra como algo incomprensible mientras la figura de la Pasionaria es el ideal:

Mujer 2 (Angustias): No, es que ya las bombas caen por la acera de enfrente… Y de tan cerca, no se salva nadie…

Mujer 1 (Maruca): Tienes razón a mí ya se me ha parao el corazón.

Mujer 2 (Angustias): Y a mí me ha estallao el pulso. Oye… ¿Estás muerta?

Mujer 1(Maruca): Qué pregunta mujer. Claro que sí.

Mujer 2 (Angustias): Bueno, amén.

Mujer 1 (Maruca): Lo mismo para ti, maja. (203/04)

Años de historia que se actualizan para confirmar que siempre la “historia” es un devenir subjetivo. Desde la figura de esa mujer, aparece Eva, la chinita, la que como lagartija, tiene el cuero duro para soportar los avatares de su vida y de su muerte; que sobrepasará los límites y permanecerá en la vida de todos por siempre, esa mujer que luego tendrá en la escritura de la dramaturga su propio territorio teatral: Bastarda sin nombre (2011) y una estructura diferente: el monólogo. Un extenso tempo detenido en el cuerpo de una actriz que se siente el personaje, y nos hace desde el escenario ver y sentir a la mujer que significó un cambio rotundo en la política del país.

Bastarda sin nombre

La mal nacida…

Soy la que quiso venir

la que el patrón no quería…(235)

Prosa y verso en la dramaturgia de la autora, se cruzan y funden para dar cuenta de un encuentro de subjetividad a flor de piel, que se transforma en fuerza y palabras duras, o en una sensibilidad fina, que dibujando los personajes a partir de la metáfora, de las imágenes.

Eva dice el viento

Que rodó en mi infancia

Eva grita el eco

Con su voz vacía,

Prestándole alas

A mí bastardía. (237)

Las palabras como piedras en la mano son toscas para desafiar desde la boca de esas mujeres lo escrito por otras para ellas. Y son suaves para definirlas en una estructura que muestra la fortaleza de la debilidad. La autora en ¡Ay, Camila! (2012) al inicio nos ubica en un tiempo preciso: 14 de agosto de 1848. Pero a medida que avanza la lectura nos damos cuenta que Camila es ayer, hoy y mañana, Camila es una y son todas las mujeres. Pues construye la figura de una mujer que no solo desafía a su sociedad, por amor y por ser fiel su identidad, sino que además, se atreve a no aceptar el perdón de Uladislao. Con un espesor difícil de asir: Camila / Antígona se atreve a “enterrar perros muertos” aunque está prohibido, “yo los acuno y los sepulto, yo los acaricio y lloro ante cada montículo sin cruz; Camila / La Perichona la prohibida y la maldecida con piel de salvaje, de hembra en celo pero no de puta, sino capaz de morir por amor; Camila / La Virgen que no teme a nada ni a nadie segura de que el amor supera la muerte. Y, es Camila / Valentina sabe que la buscan pero junto a su amado en la clandestinidad intenta no perder su historia. La Camila de Escofet va más allá del mito, de la heroína, y de su coyuntura histórica, es un relato poético y profundo que narra la soledad de una mujer que se opuso y se opone a ser sumisa como su madre ante una sociedad patriarcal y machista. Una mujer que susurra por amor, que gime como una leona herida y que lucha hasta el final:

Que no lloren los fusiles

en manos de los soldados…

La piedad dictó sentencia,

vamos a morir amando… (289)

El último texto, Padre Carlos (El rey pescador) (2014), es el cierre perfecto y en cierto modo a lo largo de esta lectura podemos sentir la experiencia vital y el compromiso de Escofet:

Escribir esta obra fue un viaje de iniciación. A veces el acceso al conocimiento, se presenta de diversos modos. Sé que fui hacia el Padre, porque pude escuchar sus voces. Parte de esas voces están en esta obra. Parte de esas voces están en esta obra. (294)

Una historia particular, intensa, por todos conocida, pero una mirada que va más allá de la figura del padre Mugica. Una fecha precisa, 11 de mayo de 1974, y un tiempo cíclico que nos atormenta, el tiempo de su última misa cuando lo esperaba en un auto y de la emboscada:

No salgas Carlos, no salgas.

No alcanzo a escuchar.

Ahora…A la hora señalada…Como si estuviera sucediendo…

Ra-ta-ta-ta- (297)

Un recorrido que deja al descubierto a un mortal atormentado por sus miedos y dudas, “Soy hijo de la mayor contradicción: el odio a Perón y el amor a Perón […] La Iglesia me dolía en el peronismo”, “Yo soy cura, no santo. Soy cura y soy hombre. Y como hombre sos viril”. Pero también esta mirada es precisa y hurga en nuestra memoria privada y pública, en “el laberinto de la memoria”. En cada intersticio de la particular escritura poética emerge el hombre, el cura, comprometido con su coyuntura política y, en especial, con los pobres:

Ese fue mi gran pecado. Disfrutar con la grasada. Que una garrafa para los pobres, valga más que cien homilías. Yo no tengo nada que bendecir querido monseñor. Ellos me bendicen cada día. Y eso asusta. Espanta, porque si ganan los de tu casta, se extenderán como la única ciudad visible. Es inútil quererlos purgar con agua bendita. Es inútil. Hay que incorporarlos a la sociedad, o Satanás los recogerá y los convertirá en soldados del odio, del descontrol, y se reproducirán como hijos de la escorio y el resentimiento. (322)

A modo de flashback, cada escena oscila entre el presente de la historia, del asesinato, y aquellos precisos momentos en la vida de Carlos Mugica donde supo defender sus convicciones, sin temor, y eso asustó a muchos:

Somos cruzados

somos misioneros

somos la estrella

que banca al

Cristo Obrero (323)

Un texto indispensable para conocer la escritura de la dramaturga, su recorrido y su crecimiento, y también para encontrarnos en la palabra que el teatro nos propone desde su espesura doble, la de los hechos concretos, y la de la subjetividad que los sostiene.

Esta obra fue publicada en 2012 en Del Palenque a la escena. Antología sobre temas de la negritud en Latinoamérica (Universidad de Antioquía, Colombia)

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