María Emilia Franchignoni y El nombre de la Luna

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María Emilia Franchignoni y El nombre de la Luna

Crear un mundo propio cuando “el contacto con el otro tiene cada vez más filtros y reparos”

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Azucena Ester Joffe, María de los Ángeles Sanz

María Emilia Franchignoni estrenó su ópera prima, El nombre de la Luna, el 20 de agosto en el Teatro del Abasto. Para la joven dramaturga esta obra “es la historia de una desilusión extrema”. Una tardecita cualquiera respondió amablemente a nuestras preguntas.

¿Cuál fue el punto de partida de El nombre de la Luna?

Manu Fernández Vivian vino el año pasado con una propuesta para hacer un proyecto juntas. A Manu la conocí haciendo Freshwater y de algún modo, la esperé mucho -hice varias audiciones para dar con la actriz que pudiera interpretar su personaje- hasta que la encontré. Que ella haya vuelto varios años después y se hayan invertido los roles, que la propuesta viniera de ella, fue para mí algo inusual, un desafío que tenía ganas de afrontar. Sobre todo, con un material tan atípico, esos manuales de los años 60 que reflejan una educación tan opresiva y represiva dirigida a jovencitas. Enseguida me evocaron la historia de una pre-adolescente que se encierra en su habitación y decide no salir más.

¿Tenías en ese momento en cuenta a un determinado espectador?

No, en general cuando escribo no pienso en qué tipo de espectadores quiero interpelar, ya que para mí la escritura es un espacio de liberación y de reflexión íntima. Eso forma parte de una etapa posterior del proceso creativo, cuando la obra está montada y debemos emplazarla en el espacio más adecuado a lo que propone para que pueda crecer y multiplicarse de la mejor manera posible. De todos modos, mi vocación es siempre poder tener la mayor cantidad de interlocutores y de la más vasta diversidad. Afortunadamente, con El nombre… pasa algo sorprendente, sobre todo con las mujeres, desde adolescentes hasta madres y abuelas, todas se sienten identificadas, conmovidas o convocadas por la obra. Esas son las experiencias más enriquecedoras para mí como artista, ya que pienso el arte primeramente como un acto comunicacional, y también, como una instancia de encuentro, una oportunidad extraordinaria de crear y compartir con otros un espacio de reflexión y de intercambio.

¿Durante su escritura ya pensabas en Manuela Fernandez Vivian para el personaje?

La obra está escrita para Manu, no la imagino interpretada por ninguna otra actriz. Ella tiene una exquisita combinación de lucidez y frescura, un magnetismo poco frecuente en otros intérpretes. El texto es el fruto de nuestro encuentro, de nuestro intercambio y de nuestra colaboración.  Es mi ofrenda y mi regalo a ella en retribución a su entrega y enorme talento.

¿Hay algún punto de encuentro con tu dirección en Freshwater?

Creo que sí, ya que hay algunas constantes en mis intereses como artista: en primer lugar, mi voluntad y pasión por la experimentación, de entender el arte como una forma de empujar los límites de lo dicho y no dicho, de lo representable y no representable, de lo visible e invisible. Transitar el camino de la artista como una inminente zona fronteriza. También, un compromiso que siento bastante arraigado con las problemáticas de las mujeres y los proyectos feministas, desde  puntos de vista sociales, artísticos y políticos. Y sobre todo, la importancia que le doy al cruce de lenguajes artísticos: me interesa la convivencia democrática y el diálogo que se genera a nivel estético cuando varias disciplinas confluyen en una misma obra, desdibujando los límites propios que las separan. Ahí, entiendo, se desata una afectividad imprevista, como un vortex de energía que de alguna manera u otra convoca y atrae a quienes están alrededor.

5- ¿Tu prioridad para la puesta en escena fue trabajar con los procedimientos de la narración?

Bueno, al ser un monólogo, el trabajo está sostenido en el trabajo interpretativo y en consecuencia, en los modos en que la narración se despliega, contenida en ese tiempo y espacio específicos que constituyen la escena. Sin embargo, considero que la narración hoy en día es además una problemática cotidiana para todos nosotros en nuestra vida online, y me interesa muchísimo indagar las formas en que las nuevas tecnologías de comunicación, las redes sociales están transformando las maneras en que nos contamos a nosotras mismas y a los demás. 

¿El ritmo interno de la obra fue una elección al momento de dirigir?

Siempre lo es. Virginia Woolf solía decir que escribir no es otra cosa que colocar palabras sobre las espaldas del ritmo. Lo mismo pasa en la escena: tiene su pulso, su ritmo interno y todos los instrumentos de la puesta, incluso los intérpretes, debemos estar al servicio de ella. Es más, muchas veces ni siquiera miro las pasadas o funciones, a veces sólo las escucho y enseguida comprendo si los instrumentos están afinados o todavía quedan cosas por ajustar. Dirigir es para mí centralmente, un trabajo auditivo. 

Si esta niña adolescente se encuentra en un mundo paralelo, entonces su único contacto con la realidad sería a través de la tecnología?

Sí, esa ha sido su decisión, mediar el contacto con los demás a través de la tecnología, ya que pareciera ser una forma más controlada de relacionarse con los otros. Una decide cuando está online y cuando offline, si una no quiere y se va del mundo virtual, los otros no tienen forma de llegar a una. Eso me interesa particularmente, ya que veo en la actualidad que de una forma u otra, tendemos a estar cada vez más encerrados, ensimismados en nosotros mismos, en nuestras opiniones y en nuestros pensamientos. El contacto con el otro tiene cada vez más filtros y reparos.  

¿Por ese motivo el personaje se mimetiza con la escenografía a través de los efectos lumínicos?

El personaje siente una necesidad imperiosa de transformar el mundo, su mundo, pero lamentablemente, el contexto se lo impide: la educación familiar, el ambiente hostil en la escuela y la soledad que siente al no encajar muy bien en los reducidos núcleos sociales que frecuenta. Del colegio a la casa, todavía no hay mucha autonomía para elegir amigas, amigos y lamentablemente, los ámbitos sociales en los que nos desenvolvemos, sobre todo en la adolescencia, tienden a ser cada vez más homogéneos y endogámicos. Por eso, su única salida es reinventarse y reinventar el espacio que la rodea, poder plasmar en aquello que conforma su cotidianidad toda la fuerza de la fantasía interior, que es en dónde se despliega realmente su deseo. En contextos tan opresivos, la imaginación es la única herramienta que puede salir a nuestro rescate. A veces, también puede ser nuestra propia arma de destrucción.

¿Cuál es tu próximo proyecto?

Estoy escribiendo hace algunos años una obra, otro monólogo pero cuya protagonista está en el extremo opuesto de la vida, o sea en el ocaso de sus días. Espero poder terminarla en el verano. Además, estoy trabajando en dos proyectos colaborativos en el que se cruzan literatura y música contemporánea: una performance para interpretar junto a un par de músicos que admiro muchísimo y en la adaptación de un texto para convertirlo en el libreto de una ópera contemporánea, con la intención de dirigirlo.

Le agradecemos a María Emilia Franchignoni por el tiempo que nos brindó.

unnamedEl nombre de la luna en el Teatro del Abasto, sábado 21 hs.

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