Madorrán de Ramiro Aguayo

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Madorrán de Ramiro Aguayo

Luces y sombras, de una pasión incontrolable.

El árbitro es arbitrario por definición. Éste es el abominable tirano que ejerce su dictadura sin oposición posible y el ampuloso verdugo que ejecuta su poder absoluto con gestos de ópera. (Galeano)

Madorrán 22María de los Ángeles Sanz

Mientras seguía la puesta de Jorge Drechsler en el teatro Anfitrión no podía dejar de pensar en el libro de Eduardo Galeano sobre la gran pasión rioplatense, el fútbol. En su libro, El fútbol a sol y sombra el escritor uruguayo narra una anécdota sobre un árbitro ecuatorianoi que podría definir lo sucedido en el último partido del personaje, entre Estudiantes de la Plata, e Instituto de Córdoba. Sin contar los innumerables arbitrajes cuestionados que Madorràn tuvo en su historia futbolística, siempre hay un acontecimiento que es el punto de inflexión en nuestra vida, y ese fue el de aquél partido histórico. Del amor al odio hay solo una tarjeta amarilla, o un gol que no se concreta en la mirada del hombre que decide los destinos del partido. La pregunta que también me rondaba mientras admiraba la muy buena performance de Ramiro Aguayo, es que hubiera sucedido si por el contrario su decisión hubiera favorecido a Argentinos Jrs. reconociendo la entrada de la pelota que pico dentro del arco y luego fue sacada por el arquero. No soy una apasionada del deporte, de ninguno en realidad, y lo poco que sé de futbol, me convierte en alguien que toca de oído, entonces cuando la puesta se inicia con la jugada determinante desde la pantalla de un pequeño televisor dentro del área diseñada con luces verdes, una línea que construye el arco y el centro donde Madorràn se movía para controlar el partido, pensé que no iba a poder ingresar en ese mundo que sé que es pasión de multitudes pero que me involucra, sólo ocasionalmente. Pero en el correr de un tiempo, fragmentado por las luces y las sombras, por la música, que detiene su tiempo para señalar la expectativa que produce el antes del inicio de un partido, sentí que ese mismo cosquilleo es el que el espectador apasionado del teatro necesariamente atraviesa ante aquello que sucederá en escena. Sé que los fanáticos de la pelota dirán que exagero, puede ser. Pero la pasión es, y uno le pone el destinatario. El autor del texto dramático elige ciertos pasajes y un momento preciso para las acciones, que están construidas a través de restos, pedazos de un relato de vida, que comienza con una anécdota que pintará de cuerpo entero al personaje, y luego transcurre con la construcción de un ser que posee un ego inmenso y una obsesión por la ley de juego que lo hace encarnarla en una figura femenina. El rigor con el que el personaje maneja su trabajo, la pretendida objetividad de su mirada precisa, se desmorona ante aquella jugada, que supongo fue para muchos la gota que rebalsó el vaso. La puesta pasa su punto de vista por esa cualidad de Madorràn, y hace que cada detalle de la verosimilitud con lo real esté también presente: el vestuario, el lenguaje, el contexto de época, y sobre todo, la exposición de una figura que se jugaba en las acciones dentro del campo de juego, y en las palabras frente a un micrófono en las conferencias de prensa. Un personaje, rescatado por lo teatral para darle la oportunidad de expresar desde la reconstrucción de un cuerpo y una voz la posibilidad de ofrecer su versión de los hechos. La puesta forma parte del evento Fiesta de Teatro CABA 2017. Madorrán 1

Bibliografía:

Galeano, Eduardo, 2010. El fútbol a sol y sombra. Buenos Aires: Editorial Siglo XXI.

Ficha técnica: Madorrán de Jorge Drechsler. Intérprete: Ramiro Aguayo. Luces: Santiago Lozano. Dirección: Jorge Drechsler. Co- producida por el Brío Teatro. Sala El Anfitrión. Duración: 55 minutos.

i “(…) Era un partido importante y el estadio estaba repleto. Antes del comienzo, se hizo un minuto de silencio por la madre del árbitro, muerta en la víspera. Todos se pusieron en pie, todos callaron. Acto seguido, un dirigente pronunció un discurso destacando la actitud del deportista ejemplar que iba a arbitrar el partido, cumpliendo con su deber en la más tristes circunstancias. Al centro de la cancha, cabizbajo, el hombre de negro recibió el cerrado aplauso del público. Adoum pestañeo, se pellizco un brazo: no podía creer. ¿En qué país estaba? Mucho habían cambiado las cosas. Antes, la gente sólo se ocupa del árbitro para gritarle: hijo de puta. Y empezó el partido. A los quince minutos, estalló el estadio: gol del Aucas. Pero el árbitro anuló el gol, por fuera de juego, y de inmediato la multitud recordó a la difunta autora de sus días: -¡Huérfano de puta!- rugieron las tribunas. (Galeano, 2010, 148)

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