Hambre y Amor de Ricardo Bartís

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Hambre y Amor de Ricardo Bartís

Versión de Hedda Gabler de Henrik Ibsen

img_20161020_153456-01_(1)El individualismo “meritocrático” vacía al ser1

Azucena Ester Joffe

En esta oportunidad, Ricardo Bartís quizá se aleja de su particular e incisiva escritura escénica aunque sin dejar de cuestionar la categoría de texto “clásico” y desde su título, Hambre y Amor, confronta con Hedda Gabler de Ibsen. Pues el sentir hambre o la búsqueda del amor y de los afectos son necesidades básicas para el común de los mortales, pero no tienen la misma lógica para ese segmento o clase social al que pertenece Hedda. Por lo tanto, la perspectiva del director difiere de la mirada ibseniana que es considerada como un retrato más psicológico de la decadencia de la alta sociedad a finales del siglo XIX. Una realidad que nos aleja más allá del siglo que nos separa desde su estreno. Bartís ha comentado que Hedda es “un síntoma de una clase que convierte todo en mercancía, que no acepta su límite, la muerte, y acumula ciegamente poder, objetos, valores, libros, cultura… es menos una psicología que un síntoma social: nada tapa el agujero del tedio, del aburrimiento”2.000150434

Ya el ingreso al Sportivo Teatral tiene algo de cotidiano y a la vez de lúdico. El grupo reducido de espectadores, a modo de una breve recepción, podemos degustar un vasito de vino o simplemente agua para luego subir, cuidadosamente por una escalera algo empinada, a la sala. El reducido espacio es como un altillo, acotado por los límites edilicios, pero que el devenir dramático utilizará en todas sus posibilidades. Los personajes se desplazan por un estrecho corredor que se une con otro sitio, o bien suben por la escalera mientras nos es vedado la planta baja, la nada, como un vacío que los deglute. La iluminación de forma precisa, sin saturación o demasiada luminosidad, por momentos algo más tenue y en concordancia con los colores del vestuario y de los objetos, no sólo acompaña cada intervención sino también sugiere los estados de ánimos de estos seres en tanto el riguroso clima se filtra en el relato. La escenografía, en las tonalidades del marrón, da cuenta que no es la casa principal, con cuadros sin anécdotas y pilas de libros atados como para ser utilizados tal vez en alguna larga noche de insomnio. El cuidadoso vestuario atemporal nos resulta cercano e impreciso. A modo de un todo monocromático, neutro, cada sistema significante encastra perfectamente. El elenco de manera acertada le da textura a sus criaturas, midiendo las palabras y también cada silencio. El discurso verbal y corporal va habitando el espacio con cierto sentimiento o malestar de un contexto epocal. Las imágenes visuales son de una plasticidad que nos recuerdan alguna obra pictórica de “naturaleza muerta”, que alude a ese tiempo entumecido más allá del frío clima. Mientras las imágenes auditivas tienen cierta lejanía, como agotándose en sí mismas, que intentan actualizarse para buscar nuestra complicidad. Una narrativa que va creando la corporalidad de una naturaleza humana casi inmutable y egoísta. Los personajes con cierta emoción mecánica, ni dramática ni trágica, dejan al descubierto los móviles oscuros, la hipocresía, y todo lo irracional que constituye el motor de sus acciones, o mejor dicho sus no-acciones.000150433

Ricardo Bartís, comentó que si bien ha intentado mantenerse lo más cerca posible del texto ibseniano, ha pensado a esta Hedda como si fuera la Argentina, metáfora de una determinada clase social para la cual todo tiene valor de cambio y valor de uso. Esta distancia estética permite que los personajes tengan su punto de fuga del núcleo duro de la historia, rompiendo la cuarta pared, primero a modo de un breve prólogo introduciéndonos en el relato, luego adelantando o comentando lo que sucederá, dejando la historia en un nivel espectral e involucrándonos en la ficción, como “una máquina de informar”:

De todos modos aún ahora tengo la sensación de que estamos detrás de la dificultad: no es que hemos impuesto a la obra una estructura y un ritmo para escapar de ella. Somos conscientes de que la obra es muy poco generosa con la actuación: parece que pasa mucho pero a la hora de la acción no pasa nada. Es pura información y los sucesos están en otro lado. O están en el campo imaginario o han sucedido en otro lugar, pero no ahí.3

Pensar una expresión artística, en general, y en el teatro, en particular, fundamentalmente por ser “un arte colectivo” supone, entre otras muchas cosas, reflexionar sobre una coyuntura determinada atravesada por la dimensión estética que sin embargo no implica establecer un único sentido. Hambre y Amor deja al descubierto el compromiso y la constante investigación, de carácter político y social, es un hecho teatral sin fisuras como nos tiene ya acostumbrados el emblemático Sportivo Teatral y su mentor.

Ficha técnica: Hambre y Amor de Ricardo Bartís. Versión de Hedda Gabler de Henrik Ibsen. Elenco: Carolina Faux (Hedda Gabler), Micaela Rey (Sra. Elmer), Jada Sirkin (Jorge Tesman), Mirta Bogdasarian (Tía Juliana), Leonardo Martínez (Magistrado Brack), Pablo Díaz (Elvert Lovborg). Música: Manuel Llosa. Vestuario: Leonel Elizondo. Fotografía y Diseño gráfico: Sebastián Mogordoy. Asistencia de dirección: Clara Seckel, Damián Smajo. Prensa: CorreyDile. Espacio y Dirección: Ricardo Bartís. Sportivo Teatral. Reestreno: marzo de 2017. Duración: 60′.

1 Según programa de mano

2Entrevista realizada por Mariano Saba: http://leemateo.com.ar/?p=1776 [02/05/2017]

3Idem

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