Colaboraciòn / Tomar partido de Ronald Harwood

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Colaboración / Tomar partido de Ronald Harwood
El compromiso del artista, la libertad de elegir.

Mariángeles Sanz
sanzm897yahoo.com

Los treinta, la década del avance del fascismo, una Europa convulsionada, el otro como cordero propiciatorio al sacrificio, la realidad cruda y feroz de un tiempo concreto, denso, imposible de soslayar. En el medio de esa espiral de violencia creciente, la música, el arte, tratando de imponer su voz entre la metralla y los cristales rotos. El avance antisemita, en Colaboración (2008) pone una encrucijada al gran compositor Richard Strauss, quien tiene una nuera judía y dos nietos que por lo tanto, también lo son; su relación con el escritor de origen judío Stefan Zweig, es vista por el Tercer Reich como un obstáculo para su vida artistica por lo tanto el problema lo lleva a una elección difícil.

La partida de Zweig a Brasil y su posterior suicidio, será una herida sin cerrar en el corazón del compositor. Osmar Nuñez construye un Strauss a la medida de los acontecimientos, entre feliz y esperanzado en un principio por su trabajo junto a Zweig, para luego verlo una vez terminada la guerra, en un silla de interrogatorio en el afán de limpiar de elementos nazis a la Alemania ocupada por los aliados. Al igual Lucila Gandolfo como su esposa, y Boy Olmi como Zweig, tienen momentos de alta emoción cuando deben discernir sobre el futuro de ambos, acompañados por la silenciosa presencia de Romina Pinto y su Lotte Altman. ¿Puede el arte ser indiferente a su tiempo, puede escapar a la política y sus acontecimientos, pueden los artistas habitar una torre de márfil? Pregunta que Hardwood intenta responder en la segunda obra Tomar partido (1995) que completará el trabajo dirigido por Marcelo Lombardero. La respuesta quedará en un tenso suspenso hacia el final, polémico, que nos obliga a la reflexión, a tomar partido.

En un espacio escénico de arquitectónico diseño, donde las posibilidades de la Sala Casacuberta son utilizadas con funcionalidad y belleza, con una imagen que por momentos se asemeja a la filmica, el afuera de una Berlín de época y los interiores de las casas de los personajes son junto al vestuario de una bella precisión histórica. Temporalidad y espacialidad que aparece en los grandes paneles que se corren para abrir y cerrar los locus donde se desarrollan las acciones. Antes de la declaración de la guerra, el refugio en Brasil de Zweig.

Tras un intervalo, el espacio se convierte en la visión apocalíptica de las consecuencias de la guerra, de Alemania y su derrota. Vemos subir un escenario circular, que nos acerca a la destrucción y a un espacio entre escombros, donde escritorios de campaña, teléfonos, secretaria alemana, y un fonógrafo que inunda el espacio con las sinfonías de Beethoven componen un paisaje desolado; allí un mayor yankee duerme mientras la música sigue su camino de púa. Es una imagen que pronto se convertirá en el preámbulo de un marcartismo que lo inundará todo, en busca de culpables, responsables, cómplices e indiferentes. Hasta allí será citado y sentado en el banquillo de los acusados el director de orquesta Wilhelm Furtwangler.

Entre el acusado y el acusador se atraviesa lo inefable. El mayor estadounidense y el director alemán, tejen una intriga donde lo real concreto, la guerra, la muerte, los asesinatos en masa, el genocidio, el horror de la crueldad sin límites, impide que el punto de vista pueda entender la lábil frontera entre la complicidad y el valor dado a un sueño propio, egoista ante los ojos del mundo, reivindicado por su ayuda a las víctimas. Estrategia o cobardía, será la disyuntiva según se mire, desde que lugar se ponga el juez y el juzgado. Finalmente la puesta fiel al dramaturgo deja en el espectador, con Beethoven a todo volumen, una decisión, un veredicto que lo obliga a pensarse a sí mismo, en los zapatos del otro.

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Ficha técnica: Colaboración y Tomar partido de Ronald Harwood. Traducción: Jorge Fondebrider. Elenco: Osmar Nuñez, Boy Olmi, Lucila Gandolfo, Romina Pinto, Sebastián Holz, Néstor Sánchez. Cantante: Vicky Gaeta. Pianista: Mariano Manzanelli. Violinista: Agostina Sémpolis. Diseño y puesta de sonido y video: Gabriel Busso y Marcelo Manente. Iluminación: Horacio Efrón. Vestuario: Luciana Gutman. Escenografía: Gastón Joubert. Coordinación de producción: Federico Lucini Monti, Lucía Hourest. Producción técnica: Emilia Martínez Dómina. Asistente de dirección: Tamara Gutiérrez, Lucas Pulido. Asistencia artística: Florencia Ayos. Asistencia de iluminación: Agustina Di Gracia. Asistencia de vestuario: Josefina Minond. Asistencia de escenografía: Martina Nosetto. Dirección: Marcelo Lombardero. Sala Casacuberta. Teatro San Martín.

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