Potestad de Eduardo, Tato, Pavlovsky

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Potestad de Eduardo Pavlovsky

Nuestro paìs ha sufrido durante la dictadura una de las patologìas sociales màs graves y difìciles de diagnosticar. No habìa antecedentes en la psiquiatrìa mundial de este nuevo fenòmeno social. Un grupo de hombres y mujeres se dedicò a raptar niños ajenos como producto del “botìn de guerra”. (Pavlovsky, 1987, 14)

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Mariàngeles Sanz
sanzm897@yahoo.com

Eduardo, Tato, Pavlovsky tenìa como dramaturgo una bùsqueda insistente, entender a partir de la construcciòn de sus textualidades dramàticas el pensamiento encarnado no de las vìctimas del terrorismo de Estado, sino de aquellos que conformaban la herramienta de un pensamiento totalitario: los secuestradores, los grupos de tareas, los torturadores, los mèdicos que controlaban el estado de los torturados, los apropiadores de niños. En el Pròlogo a la ediciòn del texto de Potestad, el autor afirmaba de su trabajo:

Al igual que en los casos anteriores intentè enfocar el tema de la complejidad de la represiòn, convencido de que el imperialismo recurre a mètodos cada vez màs sofisticados para mantener la dominaciòn en el Tercer Mundo. El represor se nos aparece cada vez màs sofisticado, màs cientìfico, màs “ambiguo”. (Pavlovsky, 1987, 13)

De esa persistencia nace en 1985, la imagen de un mèdico raptor que le darà luego cuerpo y pensamiento al personaje. Dirigido desde su estreno en el Teatro del Viejo Palermo por Norman Brisky, el recorrido de la obra ha sido intenso nacional e internacionalmente (1) Brisky entonces retoma una textualidad de intensidades complejas y busca no sòlo darle como en las puestas anteriores la ambiguedad de no saber quien es quien, en el cuerpo del mèdico; sino en el plus de que sea una actriz que encarne el personaje, de esta forma producir en el espectador una multiplicidad de afectos diferentes, entre la contradicciòn de un cuerpo y una voz, de una presencia que dispara los sentidos en varios puntos de fuga.

El efecto ademàs se tensa con el vestuario con el que se presenta Marìa Onetto, la actriz envuelta en un traje de samurai, negro y blanco, con un abanico en la mano, signo de femeneidad y a la vez màscara donde ocultar el rostro, cuando el desarrollo del monològo confesional lo requiere. La puesta se inicia desde la extraescena con los sonidos producidos sobre las paredes, y una iluminaciòn càlida, otoñal, que deja paso a la entrada del personaje, desde un pequeña cortina que se abre a fondo del escenario, cuyo diseño se repite en el frente del proscenio; el cuerpo del mèdido aparecerà desde allì e irà creciendo para narrarnos su historia, desde la reiteraciòn de pequeños movimientos, en el centro de la escena; asediado por los recuerdos y los fantasmas de su vida, Tita entre ellos, su alter ego. A sus costados dos pequeños puentes de forma curva que tambièn recuerdan a los pequeños jardines de Japòn, en cada uno sin presencia fisica, estaràn en espìritu Adriana, la hija, Ana Marìa, la mujer.

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Con desplazamientos por la escena ondulando hacia uno u otro lado, con los procedimientos del teatro noh, las palabras tejeràn una historia, dentro de otra que permanecerà oculta hasta el final. Asì como la actriz se irà despojando del ropaje, el personaje se irà despojando de sus màscaras, y la ferocidad de su proceder se harà presente en el centro mismo de la platea. Marìa Onetto, construye bajo la direcciòn de Briski, un personaje tan propio, tan singular, que hermano de aquel que conformò Pavlovsky nos hace por momentos verlos a los dos en su cuerpo y su voz. Excelente performance de la actriz, excelente elecciòn de la direcciòn en buscarle a una escritura fundante y conocida los recovecos necesarios para una afectaciòn distinta en nuestro presente. Con un inteligente y eficaz uso de la iluminaciòn y la mùsica, y el movimiento escenogràfico que contiene y encierra por momentos el cuerpo de la actriz, la puesta transcurre en un tiempo que se desliza entre el pasado y el presente de la enunciaciòn, con la ligereza de los pies suspendidos en sus cortos pasos, proponiendo un acontecimiento, la levedad del mal.

Todavìa la moral no tiene vacuna, el bien y el mal, dios y el diablo rojo, acusa por los placeres de lo concreto. Tato expone a los que ni saben que mienten, la simulaciòn, la apariencia civilizada que detona con el crimen del dinero, dogmatizar la ternura, el pacto entre los muertos (…) (Briski, programa de mano)

(1) Potestad fue estrenada en el Teatro Las Palmas de los Angeles con Jean -Louis Trintignant en el protagònico y Paul Verdier en la direcciòn. Mereciò los premios del Festival de Teatro de las Ameritas (Montreal, 1987) Time Out (Londres, 1987) Molière (Parìs, 1989) y Festival Internacional Sala Triàngulo en Madrid donde Pavlovsky recibiò premio a la trayectoria.

Bibliografìa:

Pavlovsky, Eduardo, 1987. Potestad. Buenos Aires: Ediciones Bùsqueda.

Ficha tècnica: Potestad de Eduardo Pavlovsky. Actùa: Marìa Onetto. Vestuario: Renata Schussheim. Escenografìa: Leandro Bardach. Diseño sonoro y mùsica en vivo: Tomàs Finkelsztein. Entrenamiento y asistencia en traspolaciòn de Teatro Noh: Daniela Rizzo. Realizaciòn Escenogràfica: Guillermo Bechthold, Igancio Lang, Fernando Neumann. Realizaciòn Vestuario: Jorge Maselli. Asistencia de vestuario: Cristina Tavano. Asistencia de direcciòn: David Subi. Direcciòn: Norman Briski. Sala Teatro Caras y Caretas.

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