Un hembro de Rubén Sabbadini

Estándar

Un Hembro de

 Rubén Sabbadini

“Me pregunto si el tiempo volverá a tener una forma definida”

Cuando la naturaleza por fin, se rebela.

Mariángeles Sanz

sanzm897@yahoo.com

La escena se cubre de cuadros estratégicamente colocados, de izquierda a derecha conforman las clases sociales de un tiempo anacrónico en el discurso y el lenguaje, paradojal con el vestuario de esas figuras salida de otros tiempos: el aristócrata, el artista, el científico, la realeza, y el pueblo. Estratégicamente colocados, dejando la distancia que separa a la aristocracia y a la plebe. Cuadros de donde escapan sus figuras, que toman vida para dar cuenta de un cambio en el tiempo, un desacelerador del vértigo acostumbrado por una sociedad donde una flecha hacia adelante nos prometía falsamente el progreso infinito y la felicidad.

Algo ha ocurrido, alguien no se sabe si hombre o mujer, si uno o muchos, siembra entre los cementos y los metales retorcidos, y los edificios pomposos de la ciudad de Buenos Aires, siembra semillas de naturaleza en un crecimiento que absorbe el tiempo, que produce un freeze en todo lo demás. Las figuras de los cuadros conversan, en una vida que los lleva a ser testigos de un tiempo, en donde la utopía es la igualdad ante un mundo donde todo sea absorbido por lo vegetal, y donde el hambre sea satisfecho sin importar el dinero. En una línea horizontal cada individualidad forma un sujeto colectivo, ya que toda la problemática los atraviesa por igual, aunque en cada uno provoque reacciones diferentes.  

Preanuncio del dramaturgo de un cambio de paradigma, del que sólo el pueblo, en una excelente actuación de Pilar Gamboa, parece encontrarle la oportunidad de diversión, el caos que desestructura las rígidas normas que controlan la efusiva vida de los de abajo. Un carnaval vegetal que proporciona un agujero a la posibilidad de la vida sin sujeción a leyes o a reglamentos. ¿Cuánto durará? ¿Producirá ese impasse en lo “normal cotidiano” un cambio efectivo, positivo y duradero? El mundo convertido en un gran signo de interrogación.

En tiempos pandémicos, la revolución vegetal se vive, se piensa como una posibilidad de la tierra, del planeta, de efectuar una limpieza de todo lo pestilente, todo aquello que le quita la vida a una velocidad suicida. La peste somos nosotros dirá uno de los personajes, que creyendo en ese progreso acunado por la ciencia, avalado por la producción y el dinero no se detiene ante el horror de la muerte que genera. No es ingenuo el cuadro de la realeza, donde una reina preciosamente ataviada tiene de fondo una ventana donde se avisan carabelas. El Renacimiento, la modernidad, y el descubrimiento de territorios desconocidos, proporcionan a los viejos reinos una fiebre de riqueza que no se ha detenido todavía.

En ese imaginario temporal que los lleva a tomar vida, las campanadas les recuerdan su lugar en el cuadro y su posición original, hasta que todo vuelve a comenzar, y los interrogantes se suceden en un diálogo de un tiempo actual: la vivienda, el dinero, el trabajo, el ocio, el tránsito colapsado. Un juego donde el espacio estático es atravesado por un tiempo que no deja de sobrevolarlos como una pluma, mientras lo cotidiano se detiene. Una dramaturgia donde la palabra asume su protagonismo en el diálogo de los cinco personajes, que tienen como oponentes y como posibilidad al mismo tiempo, a ese ser indefinido que produjo el acontecimiento desestabilizador de un mundo decadente pero en apariencia organizado. Un juego verbal que se permite la inclusión de género, y una coreografía al calor de la música de rock, para acentuar aún más su condición paradojal entre el vestuario de época renacentista de los cuadros, y la realidad siglo XXI. La naturaleza como acción subversiva ante la llegada de una pandemia, la humana. Y todo el control de la razón, para que nada cambie a pesar del cambio, y una vez más el que viene o los que vienen a demostrar que el mundo no es sólo aquello que cuadriculamos, que existe un imaginario que intentamos no ver, un fulgor, que no queremos ver,  aquel que convierte nuestros abismos en un territorio de todos que nos iguala, y que ese atrevimiento termina como hace 2000 años, crucificado.

Ficha técnica: “Un hembro” de Rubén Sabbadini. Elenco: Maiamar Abrodos, Juan Barberini, Claudia Cantero, Pilar Gamboa y Horacio Marassi. Escenografía: Laura Copertino. Iluminación: Fernando Berreta. Vestuario: Flora Caligiuri. Música: Gabriel Chwojnik.  Asistencia de dirección: Fabio Petrucci. Dirección: Laura Paredes. Producción TNC: Silvia Olaksikiw. Duración: 40 minutos.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s