Vestidos violentados

Andrea Castelli lleva adelante la danza / performance de un grupo de artistas convocados bajo una consigna: Crear una prenda femenina, que resulte “una figura metomìnica del cuerpo / territorio de la mujer, atravesada por signos de violencia”.

Mariàngeles Sanz

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El Hall central del teatro San Martìn, cerca de las seis de la tarde de un viernes de mayo, llego cuando todavìa estàn dando los ùltimos toques al desfile / performance, que va desarrollarse en minutos sobre violencia de gènero a travès de la mirada sobre los vestidos femeninos intervenidos para ser objetos – subjetivados por una temàtica dolorosa de visibilidad necesaria. Hay expectaciòn, murmullos entre los asistentes, de ambos lados de un lìmite impreciso entre el espacio escènico, y la platea, que se acerca, la mayorìa de pie, a presenciar un momento artìstico y una denuncia ante el grado de femicidios que sufrimos en el paìs y que no merma, dado el desinterès del Estado, y la ignorancia de muchos.

El trabajo parte de un femicidio famoso, aunque en su momento no se lo denominara asì, sino crimen pasional, el de Felicitas, que muere en manos de un ex novio, que no tolera que ella se decida por otro hombre. Del crimen al mito, en Barracas, (1) su historia y su recuerdo siguen presentes, y seràn un hito para dar cuenta de la larga lista de mujeres asesinadas por sus parejas, o sus parientes o conocidos que apareceràn en los vestidos, que desfilan acompañados por una mùsica que refuerza su semàntica, y nos permite asociar lo visual con lo auditivo.

Vestidos que se mueven en los cuerpos de los personajes que danzan a su compàs, y van construyendo un relato a partir de los prejuicios que sobre la manera de vestirse de las mujeres se construye, de las formas en los cuàles son arrebatados para violar los cuerpos que los contienen, vestidos que cubren cuerpos que guardan otra vida dentro suyo; vestidos que son los despojos de cuerpos tratados como cosas, como material descartable, vestidos tirados, ultrajados, rotos, sucios, como los cuerpos que los eligieron para embellecerse, o protegerse.

vestidos violentados

Despojos ambos, cuerpo y tela, en una simbiosis que guarda el terror de no ser consideradas como sujetos de derecho, de no tener voz, ni lugar real donde expresar el miedo y el peligro, de ser mujer en un mundo de Ley patriarcal. El desfile se sucede hasta el momento, que de riguroso negro, la actriz baja una de las escaleras laterales, y extendiendo una larga tela blanca, expone en un doloroso monòlogo un estado de situaciòn conocido, pero invisibilizado por gran parte de la sociedad. Como vestìa, es uno de los primeros prejuicios que aparecen en el momento que el cuerpo de la victima hace visible lo invisible. Una letanía de prejuicios sobre la mujer,  de mandatos sobre cuerpo y sus acciones, sobre el derecho sobre sí misma, sobre la libertad de ser ella misma. Cuerpos objetivados por la mirada del otro, vestidos que los cubren y que encierran una historia, y la simbiosis entre el teatro y la danza para expresar la necesidad de romper el velo que cubre una realidad que nos duele, en el cuerpo.

 

(1) El espectàculo del cuàl se desprende lo presenciado en el San Martìn, es Barroco en Barracas. Las novias del Templo escondido. De Andrea Castelli.

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